Mi Rincón
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Ceuta lleva años soportando una presión migratoria que no se corresponde ni con su tamaño ni con sus recursos. Hablamos de una ciudad de apenas 19 kilómetros cuadrados que, además de convivir con sus problemas diarios de vivienda, sanidad o empleo, tiene que afrontar casi en solitario la llegada constante de menores extranjeros no acompañados. Y aquí es donde el debate deja de ser ideológico para convertirse en una cuestión de pura realidad: la solidaridad no puede recaer siempre sobre los mismos.

Ceuta lleva años soportando una presión migratoria que no se corresponde ni con su tamaño ni con sus recursos. Hablamos de una ciudad de apenas 19 kilómetros cuadrados que, además de convivir con sus problemas diarios de vivienda, sanidad o empleo, tiene que afrontar casi en solitario la llegada constante de menores extranjeros no acompañados. Y aquí es donde el debate deja de ser ideológico para convertirse en una cuestión de pura realidad: la solidaridad no puede recaer siempre sobre los mismos.

Es evidente que los menores deben ser atendidos con dignidad y humanidad. Nadie con sentido común puede mirar hacia otro lado cuando hablamos de niños y adolescentes que llegan solos. Pero también es evidente que Ceuta no tiene capacidad infinita. Los centros están saturados, los trabajadores desbordados y los recursos públicos al límite. Pretender que una ciudad tan pequeña absorba indefinidamente esta situación es, sencillamente, irresponsable.

Durante años se ha repetido el discurso de la solidaridad desde muchos despachos de la península y desde las instituciones europeas, pero cuando llega el momento de repartir esfuerzos reales, aparecen las excusas. Las comunidades autónomas retrasan acogidas, discuten cifras o directamente evitan asumir su parte. Mientras tanto, Ceuta continúa funcionando como un muro de contención migratorio que sirve para que otros no tengan que afrontar el problema de frente.

Europa habla constantemente del Nuevo Pacto de Migración y Asilo, de cooperación y de responsabilidad compartida. Muy bonito sobre el papel. Pero a pie de valla, la sensación es otra muy distinta: Ceuta sigue sola. Se ha convertido en la frontera sur de Europa, pero sin el respaldo proporcional que debería recibir por ello. Y eso genera una presión social, económica y política que cualquier territorio acabaría notando.

La solución pasa por algo tan simple como necesario: los menores deben salir de Ceuta y ser repartidos de forma obligatoria entre las comunidades autónomas. No como un gesto voluntario ni como una foto política, sino como una responsabilidad legal y moral compartida. Porque la solidaridad de verdad no consiste en dar discursos desde lejos, sino en asumir entre todos una carga que Ceuta ya no puede soportar sola.

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Ceuta, Domingo 02 de Agosto del 2026

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