La reflexión de la semana
Perdida en una de mis reflexiones veraniegas, acompañadas de brisa y sol, de mar y tumbona, en una nube disfrazada de flojera, me vienen a la cabeza los porcentajes que nos cuentan que utilizamos de la mente, diferencias entre nuestras partes conscientes e inconscientes, búsquedas, significados, programaciones y zonas de comodidad.
La reflexión de la semana
Perdida en una de mis reflexiones veraniegas, acompañadas de brisa y sol, de mar y tumbona, en una nube disfrazada de flojera, me vienen a la cabeza los porcentajes que nos cuentan que utilizamos de la mente, diferencias entre nuestras partes conscientes e inconscientes, búsquedas, significados, programaciones y zonas de comodidad.
Repaso nuestros mecanismos automáticos de defensa y adaptación que hacen que, como un ordenador avanzado, en nuestro escritorio se muestren una serie de programas, con los que pensamos que trabajamos, pero que, de forma solapada, en segundo plano haya una inmensa cantidad de trabajo oculto, muchos otros programas actuando simultáneamente y modificando el trabajo de los primeros.
Y me voy más allá, me voy a campos mórficos repletos de información, al inconsciente colectivo, físicas cuánticas, conceptos grandes, a veces demasiado, pero con los que me es bastante fácil resonar.
Y me pongo a observar, y a observarme, y me pregunto qué es lo que necesitamos para ser conscientes, no tanto de lo que somos, o creemos que somos, ni de lo que tenemos, como de lo que podemos llegar a ser. No tanto del punto de partida ni del posiblemente previsto punto de llegada, como de caminos abiertos, de posibilidades quizá no contempladas, de potencialidades casi ocultas a nuestra mirada, tantas veces limitada.
Y no sé qué te parecerá, comprendo que a veces puede sonar a paranoia, pero te invito a que te pares un momento a pensar...
Si fuera posible que, más allá de lo conocido, más allá de lo familiar, más allá de los límites en los que habitualmente te mueves, existiera un espacio sin límites en el que jugar, crecer, aprender y desarrollar incluso hasta lo que nunca pensaste llegar a desarrollar, ¿cómo cambiaría tu realidad, tu plan vital, tu recorrido, tu camino, tus valores y creencias?
¿En qué modo se vería transformada tu identidad?
¿Qué es lo peor que te puede pasar si un día eliges cruzar los límites ya conocidos y previstos? ¿Qué hubiera sido del mundo si nunca nadie se hubiera planteado la posibilidad de ir un poco más allá?
Sí, ya sé que, para ser una reflexión veraniega, quizá viene cargada de una intensidad poco acorde con las bondades pre-vacacionales, y tal vez todo esto sea demasiado denso como para digerir en una mañana de julio, pero ¿qué quieres que te diga? Una no elige lo que le viene a la mente....
O quizá si 

