La gestión de una empresa pública no puede estar condicionada por intereses personales, prejuicios o luchas internas. Cuando se aparta a profesionales que han demostrado capacidad, dedicación y conocimiento de la casa, las consecuencias terminan apareciendo tarde o temprano. Eso es precisamente lo que muchos consideran que está ocurriendo en Servilimpce tras la salida de Luis de Barrera, una decisión que, con el paso del tiempo, parece haber dejado más interrogantes que respuestas.
La gestión de una empresa pública no puede estar condicionada por intereses personales, prejuicios o luchas internas. Cuando se aparta a profesionales que han demostrado capacidad, dedicación y conocimiento de la casa, las consecuencias terminan apareciendo tarde o temprano. Eso es precisamente lo que muchos consideran que está ocurriendo en Servilimpce tras la salida de Luis de Barrera, una decisión que, con el paso del tiempo, parece haber dejado más interrogantes que respuestas.
Resulta difícil entender cómo se prescindió de una persona a la que numerosos trabajadores y observadores reconocen educación, profesionalidad y una dedicación absoluta a su trabajo. Mientras tanto, los problemas relacionados con la gestión administrativa y las licitaciones han ido acumulándose sin que quienes tenían la responsabilidad directa hayan asumido públicamente las consecuencias. Los errores en los pliegos y la paralización de procedimientos esenciales no pueden atribuirse a quien ya no estaba al frente de esas funciones.
La responsabilidad política y de gestión debe recaer siempre sobre quienes ostentan el mando. En este caso, son muchas las voces que señalan al presidente de la empresa y a quienes tenían competencias directas sobre la tramitación administrativa por no haber corregido a tiempo los problemas que terminaron afectando al funcionamiento de Servilimpce. Lo preocupante no es solo que se cometieran errores, sino que nadie haya dado explicaciones convincentes ni asumido responsabilidades.
Las administraciones públicas deben premiar el mérito, el trabajo y la capacidad, no la complacencia ni la mediocridad. Cuando se margina a quienes aportan soluciones y se protege a quienes generan problemas, el resultado suele ser un deterioro progresivo de la institución. Los ciudadanos merecen una gestión basada en la eficacia y el interés general, no en rivalidades personales o estrategias de despacho.
Quizá haya llegado el momento de revisar decisiones pasadas y recuperar el talento allí donde se encuentre. Rectificar nunca es una derrota; al contrario, es una muestra de liderazgo. Lo verdaderamente grave es mantener errores por orgullo mientras una empresa pública pierde oportunidades y eficacia. Servilimpce necesita mirar al futuro, pero para hacerlo también debe aprender de los errores que la han llevado hasta la situación actual.



