Cartas al Director
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Fuimos un parche, una improvisación y una gran ayuda, quizás la última mano para mucha gente que estaba en el agua. 

Fuimos un parche, una improvisación y una gran ayuda, quizás la última mano para mucha gente que estaba en el agua. 

Un impulso, el mismo que me lleva a escribir ahora, nos llevó a meternos en el agua el pasado jueves 30 de julio a mi compañero Mohamed y a mí. Llegamos en moto sin saber si nos permitirían acceder al espigón. Los GEAS nos habían demandado, así que ese era nuestro salvo conducto en cada control policial. Íbamos con los neoprenos puestos y yo llevaba las aletas y flopis en las manos, mientras Mohamed conducía esquivando personas por la carretera de acceso a la frontera.  

Al llegar, pasaban pocos minutos de las dos de la tarde, la primera preocupación desde la inconsciencia de la magnitud del momento que íbamos a vivir, fue dónde dejar la moto. “Mohamed, con la que hay liada crees que alguien va a denunciarte por dejarla en cualquier sitio”, le dije a mi compañero que aparcó frente a los puestos de control fronterizo. Y salimos corriendo. 

No había nadie a quien dirigirse, ni nadie que no estuviera haciendo algo como para percatarse de nuestra presencia. Al momento llegó una compañera de los servicios de asistencia en tierra y me dijo “se nos están ahogando en la punta del espigón”. Reconozco que el uso del pronombre “nos”, me golpeó y me sentí desbordado automáticamente. Ante magnitudes de tareas inabarcables, lo único que puedes hacer es centrarte en pequeños objetivos. Alguien gritó, ¡un bebé!, así que puse mi atención en eso, y saltando las piedras entré en el agua a por él. Mi enfoque cambió de forma radical. Aquella perspectiva no tenía nada que ver con la de hacía unos segundos desde lo alto del espigón, parecía el mismo caos pero era un mundo diferente. Un mundo en el que me encuentro tranquilo. Las pulsaciones sorprendentemente me bajaron. Con el bebé en brazos y la mamá agarrada a mi flopi, sólo tenía que aletear hasta la orilla, sin dejar de analizar mi alrededor en busca de más urgencias.  

Jamás había estado entre tanta gente gritando en el agua, pero lo que más me perturbaba no eran sus gritos, sino los pitidos de la Guardia Civil que desde arriba, pedían a la gente que nadaran para bordear el espigón y no se agolparan en su punta, hundiéndose unos a otros.  

La incertidumbre y el vértigo de la llegada, se trasformó en claridad y tranquilidad. Sólo tenía que buscar entre todas las personas a las que más vulnerables fueran o a las que más urgentemente necesitaran ayuda cerca de mí, ir a por ellas, sacarlas a la orilla o donde pudieran hacer pie, y entrar de nuevo para buscar a la siguiente. Hacer mi parte.   

No sentía estrés, sólo urgencia. No temía por la situación, sólo por mi aguante físico. Y aunque tardaron, los calambres aparecieron a partir de las cuatro horas. Una única vez, entre una entrega y vuelta al mar, en todo aquel tiempo, pude dar un trago de agua a una botella que me dieron los servicios de asistencia en tierra, así que inevitablemente estaba deshidratándome.  

En algún momento empecé a mirar el reloj. Sabía que no debía hacerlo, porque eso trae consigo la desazón, pero era un acto reflejo motivado por el cada vez más evidente cansancio. A eso de las ocho de la tarde, la energía del desayuno de aquella mañana, única comida de todo el día, ya no estaba por ninguna parte. Las brazadas para llegar a la punta del espigón eran más descoordinadas, ya no podía ir a nado socorrista con la cabeza fuera, tenía que nadar a estilo clásico de crol sin poder mirar mientras avanzaba. Los remolques los hacía con aleteos mucho menos amplios y menos propulsivos. Dividí el cuerpo. Sólo los brazos para entrar y sólo las piernas para salir. De esa manera, ahorraba lo poco que me quedaba. Ya no me daba para ir más rápido y tampoco podía sacar a grupos de varias personas como antes. Si eran adultos, más de dos, no tenía forma de moverlos. Suerte que para aquel entonces la marea había bajado mucho y en la mayoría de los casos, no en todos, con llegar hasta la mitad del espigón punto desde el que ya se hacía pie, era suficiente.  

Estaba en ese momento en el que como asiduo a pruebas de resistencia conozco bien, es la cabeza la que tiene que tirar de un cuerpo que químicamente va fallando. Sabía que aún tenía margen y que podía forzarme un poco más.  

De pronto, como en la película “El náufrago” que casualmente había vuelto a ver hacía unos días porque la emitieron en la tele, vi pasar una bolsa trasparente con lo que parecía algo de comida en su interior. La cogí y efectivamente eran unos pastelitos tipo “mini Phoskitos” pero de alguna marca marroquí. Comprobé que no les había entrado agua y, aunque en mi vida normal no los consumo, no dudé ni un momento en abrirlos y comérmelos. Manteniéndome a flote, quise tragarlos tan rápido y los dos a la vez para poder seguir, que entre la insensibilidad que por la sal tenía en la boca y la lengua, y la sequedad, me engollipé. Traté de bajarlos con mi propia saliva pero la cosa no fluía bien, así que no tuve más remedio que sorber un buche del mar. Reconozco que dudé porque el agua se veía turbia, y no sólo por el movimiento del sedimento, sino por las miles y miles de personas que con ropa y zapatos estaban pasando. 

Esos pastelitos me dieron vida. Sentí el azúcar levantándome de nuevo, y aunque igual de cansado, pude continuar casi dos horas más. Ya no podía incorporarme cuando llegaba a la orilla para ayudar a salir a la gente, me limitaba a quedarme tumbado en la arena, de espaldas agarrando a la persona, con vida o no, levantando una mano para que alguien de los que estaban ayudando en tierra, viniera a sacarla. 

La última vez que lo hice, mi compañero Mohamed me gritó desde la playa que me saliera, que ya estaba bien, que no volviera a entrar, un poco más le dije, sin saber si en realidad iba a poder dar ese extra. Necesito irme ya, me dijo. Y ahí paré. Salí del agua por él pero también por mí, era imposible que fuera de utilidad por más tiempo.  

En algún momento de la tarde, mientras sacábamos a una persona a la que habíamos conseguido reanimar mientras la llevábamos a la orilla entre Mohamed y yo, me corté la mano al apoyarla en la arena. Por lo que antes de irme pasé a que me curaran bien, porque tras el corte sólo me pusieron una gasa envuelta en esparadrapo para poder meterme rápidamente de nuevo y, claro, con tanto tiempo en el agua ya estaba desbaratado. Pero en ese momento, cerca de las diez de la noche, a los servicios sanitarios no les quedaba casi de nada. Así que de nuevo desinfección, una gasa envuelta esta vez con un poco de venda, y chao.   

Al irnos, vimos a Nani y Jose llegar a la zona con sus neoprenos. Sentí alivio y menos cargo de conciencia. La moto seguía en el mismo sitio, Mohamed volvió a sortear gente a la carrera y llegamos a la base. Estaba tan cansado que no sabía si podría llegar a casa en la bici. Sopesé el dejarla allí e irme andando pero al final me dio pereza tener que volver a buscarla al día siguiente, además no sabía si nos activarían de nuevo en unas horas, por lo que me fui pedaleando. Eso sí, con el neopreno puesto porque la pereza de quitármelo no la pude vencer. Además quería llevármelo para meterlo en la lavadora.  

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Ceuta, Lunes 03 de Agosto del 2026

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