Ceuta lleva años vendiendo la idea de convertirse en un gran “hub” tecnológico. Y sobre el papel, los números parecen dar la razón: más empresas digitales, más firmas de iGaming y más anuncios institucionales hablando de innovación y futuro. El problema llega cuando uno baja del titular al suelo. Porque mientras las empresas aterrizan fiscalmente, el empleo real en la ciudad no despega al mismo ritmo.
Ceuta lleva años vendiendo la idea de convertirse en un gran “hub” tecnológico. Y sobre el papel, los números parecen dar la razón: más empresas digitales, más firmas de iGaming y más anuncios institucionales hablando de innovación y futuro. El problema llega cuando uno baja del titular al suelo. Porque mientras las empresas aterrizan fiscalmente, el empleo real en la ciudad no despega al mismo ritmo.
Muchos de esos trabajadores ni siquiera viven aquí. Operan en remoto desde Málaga, Madrid o Barcelona mientras la empresa se beneficia de las ventajas fiscales ceutíes. Legalmente no hay nada que reprochar, pero socialmente deja un sabor amargo. Ceuta corre el riesgo de convertirse en una simple dirección administrativa atractiva para compañías, pero sin impacto profundo en la vida diaria de sus ciudadanos.
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿de qué sirve atraer empresas si nuestros jóvenes siguen teniendo que marcharse para encontrar oportunidades de verdad? El talento ceutí necesita oficinas, formación, prácticas y carreras profesionales estables dentro de la ciudad, no solo campañas publicitarias llenas de palabras modernas y promesas futuristas.
El reto no es traer logos empresariales. El reto es crear raíces. Porque un “hub” tecnológico de verdad no se mide por el número de sociedades registradas, sino por cuántos jóvenes pueden construir aquí su proyecto de vida sin tener que cruzar el Estrecho para prosperar.

