Cada vez que se habla de Ceuta desde ciertos sectores, la sensación que queda es la de un desprecio profundo hacia lo que somos. No es solo que se refieran al suelo militar como “secuestrado”, es que ahora se cruzan otras líneas aún más graves: se habla de tierras “ocupadas”, se banaliza el genocidio y se ataca sin pudor a quienes defendieron nuestras fronteras en los peores momentos. Se ha pasado del disenso político al odio envuelto en supuesta superioridad moral. Y eso, en una ciudad como la nuestra, no se puede permitir.
Cada vez que se habla de Ceuta desde ciertos sectores, la sensación que queda es la de un desprecio profundo hacia lo que somos. No es solo que se refieran al suelo militar como “secuestrado”, es que ahora se cruzan otras líneas aún más graves: se habla de tierras “ocupadas”, se banaliza el genocidio y se ataca sin pudor a quienes defendieron nuestras fronteras en los peores momentos. Se ha pasado del disenso político al odio envuelto en supuesta superioridad moral. Y eso, en una ciudad como la nuestra, no se puede permitir.
Es profundamente ofensivo que quienes insultaban a los guardias civiles que aguantaron una avalancha migratoria ahora se rasguen las vestiduras con un cinismo que escuece. Peor aún: que representantes públicos del PP —sí, del Partido Popular— en el Consejo de Administración de RTVCE hayan defendido a un acosador sexual sin que nadie asuma consecuencias. ¿Dónde está el listón ético? ¿A qué se juega cuando se normaliza lo que es indefendible?
Este tipo de lenguaje —el del “secuestro”, el del “colonialismo”, el del “racismo estructural”— no nace de la nada. Es parte de un discurso que se siente más cómodo mirando a la otra orilla, la que impone la sharia y desprecia nuestras libertades, que construyendo una ciudad cohesionada desde el respeto a la ley y a la historia común. No es una crítica política: es una campaña ideológica disfrazada de progresismo, que en realidad rompe por dentro la convivencia.
Cuando el odio se disfraza de justicia social, cuando se instrumentaliza el racismo para justificar actitudes sectarias, el problema no es solo político: es moral. Y lo que ocurre en Ceuta no es una anécdota, es una señal de alarma. Quienes dividen, quienes ven solo un color y niegan al resto, no están construyendo un futuro mejor, están socavando los cimientos de la ciudad.
Ceuta merece un debate político serio, con discrepancias, claro que sí, pero con límites. Y uno de ellos debe ser el respeto a los que la defienden, a su historia y a sus instituciones. Porque sin ese respeto, solo queda la bronca, el resentimiento y un proyecto que no es para todos, sino contra muchos.

