En 1958 Encarnación García y José Mellado contrajeron matrimonio en Ceuta. Ese mismo año compraron una casa en la barriada de Grupo Solís, donde nacieron sus hijos, Encarni y Pedro. La vivienda poco a poco se convirtió en un hogar que fue testigo del paso del tiempo y almacenó durante más de seis décadas recuerdos de toda una vida en familia.
En 1958 Encarnación García y José Mellado contrajeron matrimonio en Ceuta. Ese mismo año compraron una casa en la barriada de Grupo Solís, donde nacieron sus hijos, Encarni y Pedro. La vivienda poco a poco se convirtió en un hogar que fue testigo del paso del tiempo y almacenó durante más de seis décadas recuerdos de toda una vida en familia.
Encarnación, que actualmente tiene 90 años y padece demencia, habitó allí hasta 2023, cuando ingresó en una residencia para mayores. Durante meses no se produjo ningún contratiempo, hasta que a finales de agosto Encarni recibió una noticia que nunca pensó tener que escuchar: la casa de sus padres, el hogar donde ella nació y creció, había sido okupado por una mujer que aprovechó la ausencia de la anciana para entrar.
Con los ojos vidriosos y la voz entrecortada Encarni, costurera de profesión, recuerda que fue la propia okupa quien llamó a la Policía y se denunció a sí misma “diciendo que llevaba dos semanas en casa”. La hija de Encarnación está convencida de que se trató de “un chivatazo”, ya que incluso los policías “nos dijeron que es muy difícil saber si esa casa está vacía”.
Tras la denuncia la okupa, que dice estar embarazada, aseguró que había pagado por la llave de la casa 11.000 euros, pero Encarni afirma que “eso no es posible” porque las llaves solo las tienen ella y su hermano. Sin embargo, acongojada, explica que a día de hoy ninguno de los dos puede entrar porque “según la ley la que está legal es la okupa y la Policía nos dijo que nos detendrían a nosotros”.
La palabra que define los sentimientos de Encarni ahora es “impotencia” al no poder entrar a casa de su madre y saber que “se están aprovechando de una mujer mayor”. Según relata, sus padres “compraron esa casa con mucho sacrificio hace 66 años para casarse. En su época, continúa, “era de las baratas, pero aun así para ellos seguía siendo cara”. Actualmente es una de las más antiguas de la barriada y los vecinos “están todos indignados, no miran a la okupa y si lo hacen es con mala cara porque conocen a mi madre de siempre”. Y es que Encarnación llegó al vecindario a los 24 años y para ella la vivienda “era como un hijo”. Así, temblando, Encarni rememora los años pasados en su hogar. “Como la barriada solo eran dos bloques, había mucha unión entre los vecinos y hacíamos verbenas”, comenta. “Yo me crie en esa casa y estuve viviendo hasta los 28 años que me casé y me fui a Francia”, recuerda.
El encuentro con la okupa
Hace unas semanas Encarni, valiente, acudió a la que fue su casa toda la vida dispuesta a recibir una explicación por parte de la okupa y a recoger ropa para llevar a su madre a la residencia. “¿No te da vergüenza lo que has hecho a una mujer de 90 años?”, fue lo primero que Encarni preguntó al llegar a la puerta. “La necesidad”, recibió como única contestación.
Indignada, la hija de Encarnación quiso entrar en la vivienda, pero la okupa se lo impidió. “Le dije que me dejara entrar, que quería ver la ropa de mi madre y coger la que me interesara, que no me iba a quedar dentro, que ni soy conflictiva ni le iba a hacer nada”. Sin embargo, la mujer que le ha arrebatado la casa a la anciana, le impidió el paso. “Está metiendo la ropa de mi madre en bolsas de basura, las tiene en un rincón y no me deja entrar”, relata apenada Encarni. De todas esas bolsas, la okupa solo le dio tres. “Tenía más ropa, rebecas y chaquetitas y esas no las he visto”, cuenta. En este sentido, con enfado asegura que no tiene necesidad de comprarle ropa a su madre “cuando ella tiene un armario de aluminio de cuatro puertas y un canapé lleno”.
Vencida por la okupa, finalmente Encarni solo le pidió una cosa: “Por favor, por lo que más quieras, no me tires nada, para ti no tiene valor, pero para mí sí, sentimental”. Ante su ruego, con sorna, la okupa le contestó “¿Lo dices por tu traje de novia y las fotos?”. Un traje que Encarni espera que “todavía esté” porque aún no ha podido entrar para cogerlo.
Del mismo modo, la costurera le indicó que le devolviera el ‘router’. “No es tuyo, es de la casa”, le insistió. “En esta casa vivo yo ahora”, le contestó la okupa.
A ella, continúa Encarni, le gustaría decirle que “si lo hace por necesidad pida una casa o se vaya con su familia”. Además, afirma convencida, “no pienso darle un duro para que se vaya, eso es chantaje. Esa casa no es tuya y ya está, te vas”.
Los recuerdos de toda una vida
Encarni, desolada ante la situación, comenta que en casa de su madre “hay toda una vida en fotos y solo de pensar que está durmiendo en su cama y sentándose en el sofá donde estaba ella, me indigno”. Entre estos recuerdos se encuentra una colección de dedales de todas las regiones de Francia que ella regaló a su madre, quien también cosía. “Espero que no los tire porque me gustaría tenerlos como herencia”, señala entre lloros. Además, también atesora en casa de su madre el ramo de flores de su boda, la cristalería que le regalaron y cortinas. “Cosas que para ella (la okupa) no valen nada, pero para mí tienen mucho valor”. Y no solo guarda recuerdos materiales, sino también momentos emotivos en su memoria. “De mi comunión, de cuando venía de vacaciones de Francia, los cumpleaños…”, rememora Encarni.
La máquina de coser
Antaño Encarnación solía coser en la terraza para sus vecinos, quienes le tenían un especial cariño. Observándola realizar esta tarea, Encarni comenzó a interesarse por la costura. Por estos motivos, para ella la máquina de coser de su madre guardaba un especial lugar en su corazón y la noticia que recibió de sus vecinos hace unas semanas le cayó como un jarro de agua fría. “Ayer me llamaron diciéndome que la okupa ha tirado la máquina de coser a la basura”, indica desesperanzada.

“Decía que no era conflictiva, que no quería dar problemas… pues ya los está dando”, asegura la costurera. Esta, enfadada, se pregunta “quién es ella para tirar cosas de la casa, si no es la dueña”. Aun con todo, afirma Encarni, “incluso le dijo a la vecina que quería hacer obras y ha seguido tirando bolsas negras” cuyo contenido ella desconoce. Para la costurera “no hay derecho a que le hagan daño a una persona de 90 años”. “Ya que has robado una casa, respeta lo que hay dentro”, asevera.
Por otra parte, si bien la okupa ha manifestado que está sola en la vivienda, Encarni asegura que “es mentira; está con su pareja porque los han visto a los dos juntos”. Este hecho también la apena, ya que “mi madre tenía siempre la casita limpia y este tío fuma porros y hay peste”.
A todo ello se suma que su madre, como dueña de la propiedad, “tiene que seguir pagando la luz y el agua”.
Debido a esta situación que escapa de sus manos, Encarni declara que “de los nervios me ha salido dermatitis atópica en las manos y los pies” y “no tengo ganas de nada”.
La esperanza nunca se pierde
La costurera ceutí no tiene intención de “ser borde porque no quiero echar a perder mi familia”. Por ello, esperará a que actúe la Justicia “aunque tampoco tengo mucha fe en ella porque todavía no sabemos nada del juicio”. Sin embargo, Encarni se niega a que una okupa permanezca en casa de su madre, y con arrojo subraya que “la esperanza nunca se pierde y tarde o temprano se tiene que ir”.
