Es tradición centenaria en nuestra Ciudad que al llegar el mes de agosto, dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios que bajo la advocación de Santa María de África, tenemos por Patrona y Madre. Con este motivo Ceuta se viste de gala para celebrar sus Fiestas Patronales.
Es tradición centenaria en nuestra Ciudad que al llegar el mes de agosto, dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios que bajo la advocación de Santa María de África, tenemos por Patrona y Madre. Con este motivo Ceuta se viste de gala para celebrar sus Fiestas Patronales.
El Santuario se convierte en lugar de oración y encuentro, donde sus hijos más fieles acuden cada año a cumplir con la promesa de sus mayores. Es aquí donde la Virgen nos hace capaces de sentirnos parte de una historia. Una historia compartida. Una historia que conocemos, y de la que todos somos herederos. Desde los relatos sobre su llegada hasta los de su aparición en el Otero, acogemos la importancia que esta devoción mariana ha tenido y sigue teniendo en la actualidad. Ceuta se siente heredera de dicha historia.
No entendemos Ceuta sin su Patrona y ni a la Madre que ampara y protege a sus hijos. En una Ciudad como la nuestra donde aparece continuamente la desesperanza en tantos lugares, donde la soledad y la falta de futuro para muchos hace sufrir a demasiados, especialmente a los más jóvenes, María nos lanza el reto de seguir sembrando espacios que muestren cómo es nuestro Dios y cómo nos acoge. Es la propuesta de vida fraterna hecha vida y el abrazo en cada rincón, que hemos de cuidar y ofrecer con cariño. Así debemos expresar esta devoción a las generaciones venideras.
Así debe ser nuestra aptitud como Iglesia: servicio y entrega. Que con nuestro servicio y trabajo hagamos comunidades más unidas, vivas, abiertas, dinámicas y evangelizadoras. Os invito a que estas fiestas Patronales en honor de Santa Maria de África la viváis con verdadera devoción: con la religiosidad que hemos heredado de nuestros mayores, con la fe que es fuente de cohesión social y principio de convivencia, con la alegría propia, con la participación que implica estar presente en los actos programados. Todo ello como muestra de que la vivencia espiritual de nuestra Ciudad está inscrita en nuestra forma de convivir y sentir.