Opinión
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H.G. Wells imaginó en La máquina del tiempo una humanidad dividida en dos especies: los Eloi, que vivían en la superficie, en la luz y la aparente civilización, y los Morlocks, que habitaban en el subsuelo, en la oscuridad, y que emergían para alimentarse de los primeros. La novela, publicada en 1895, era una metáfora de la lucha de clases y de la barbarie que se oculta bajo la superficie de la civilización. Casi siglo y medio después, la ciudad autónoma de Ceuta parece haberse convertido en el escenario involuntario de una versión contemporánea de aquella distopía. Bajo las calles de la ciudad, en túneles y cuevas costeras que comunican con el otro lado de la frontera, operan quienes no aparecen en las estadísticas oficiales, quienes no solicitan asilo, quienes no se registran en los centros de acogida. Son los Morlocks de Ceuta: redes de narcotraficantes, células yihadistas y traficantes de personas que utilizan los pasadizos subterráneos para penetrar en territorio español sin ser detectados.

H.G. Wells imaginó en La máquina del tiempo una humanidad dividida en dos especies: los Eloi, que vivían en la superficie, en la luz y la aparente civilización, y los Morlocks, que habitaban en el subsuelo, en la oscuridad, y que emergían para alimentarse de los primeros. La novela, publicada en 1895, era una metáfora de la lucha de clases y de la barbarie que se oculta bajo la superficie de la civilización. Casi siglo y medio después, la ciudad autónoma de Ceuta parece haberse convertido en el escenario involuntario de una versión contemporánea de aquella distopía. Bajo las calles de la ciudad, en túneles y cuevas costeras que comunican con el otro lado de la frontera, operan quienes no aparecen en las estadísticas oficiales, quienes no solicitan asilo, quienes no se registran en los centros de acogida. Son los Morlocks de Ceuta: redes de narcotraficantes, células yihadistas y traficantes de personas que utilizan los pasadizos subterráneos para penetrar en territorio español sin ser detectados.

La existencia de esos túneles y cuevas no es una leyenda urbana ni una exageración periodística. El analista político experto en inmigración Rubén Pulido, tras una visita a Ceuta, ha confirmado personalmente su existencia y ha denunciado que nadie está explorando ni controlando esos canales de comunicación. "No solo túneles, sino también cuevas cercanas a áreas costeras que comunican al otro lado y en las que nadie está entrando. No se están dedicando efectivos policiales ni militares a la exploración de esos canales de comunicación", advirtió en La Noche de Cuesta. Los restos encontrados en su interior demuestran que han sido habitados recientemente y que su uso histórico no es nuevo: "Esos túneles se han utilizado para el narcotráfico y para células yihadistas que han querido penetrar en territorio español". Es decir, no estamos ante una hipótesis especulativa, sino ante una realidad documentada y verificable que las autoridades españolas, por razones que solo ellas conocen, han decidido ignorar.

La primera categoría de Morlocks que habita esos pasadizos es la de los narcotraficantes. Ceuta, por su condición de frontera entre Europa y África, por su proximidad a la costa marroquí y por la complejidad de su orografía, ha sido durante décadas un punto estratégico para el tráfico de hachís y cocaína. Los túneles y cuevas costeras han servido históricamente para introducir mercancía en territorio español sin pasar por los controles fronterizos convencionales. Esa infraestructura subterránea, construida y mantenida a lo largo de años, no ha desaparecido con la crisis migratoria. Al contrario, la crisis ha podido servir de cobertura para que esas redes hayan intensificado su actividad, aprovechando que los recursos policiales y militares están volcados en la gestión de la entrada masiva y en el control de los migrantes que permanecen en la ciudad. Mientras los agentes vigilan las calles, los Morlocks siguen moviéndose por debajo de ellas.

La segunda categoría de Morlocks es, si cabe, más inquietante: las células yihadistas. Ceuta y Melilla han sido históricamente objetivo de reclutamiento para organizaciones terroristas de inspiración yihadista. La proximidad a Marruecos, la existencia de comunidades musulmanas con vínculos familiares a ambos lados de la frontera y la permeabilidad de los controles han convertido a las ciudades autónomas en un punto de entrada y salida para individuos vinculados al terrorismo internacional. Los túneles y cuevas costeras ofrecen a esas células un canal de penetración invisible, imposible de detectar con los medios convencionales de vigilancia. Si esos pasadizos han sido utilizados para el narcotráfico, no hay ninguna razón para pensar que no puedan ser utilizados también para el terrorismo. Y el hecho de que nadie esté explorando esos canales de comunicación significa que las autoridades españolas han renunciado, de facto, a controlar uno de los puntos más vulnerables de la frontera sur de Europa.

La tercera categoría de Morlocks es la de los traficantes de personas. Las redes criminales que operan en el entorno de Ceuta han sabido adaptarse a las circunstancias cambiantes. Cuando los controles se refuerzan en la superficie, buscan alternativas subterráneas. Cuando la presión migratoria se canaliza por el espigón de El Tarajal, buscan rutas alternativas. Los túneles y cuevas costeras, que ya existían y que ya eran conocidos, ofrecen una vía de acceso discreta, sin necesidad de exponerse a la vigilancia policial ni de arriesgarse a ser interceptados. El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras ya señalaba que, tras la entrada masiva del 30 y 31 de julio, las organizaciones criminales aprovecharon la crisis para ofrecer servicios de traslado irregular a la Península. No sería descabellado pensar que esas mismas organizaciones, o sus sucesoras, estén utilizando los túneles para introducir personas sin pasar por los controles. La combinación de crisis migratoria, saturación de los servicios de seguridad y existencia de infraestructura subterránea no utilizada por las autoridades es una tentación demasiado grande para dejar pasar.

El problema de fondo no es solo la existencia de esos túneles y cuevas. Es la dejación de funciones de las autoridades. Pulido ha cargado contra la gestión del delegado del Gobierno en Ceuta, señalando que los propios ciudadanos se preguntaban durante su visita dónde estaba. "Las acciones que está llevando a cabo dejan mucho que desear. Me llegaban comentarios de 'nosotros no lo vemos por aquí, no vemos que esté haciendo absolutamente nada'", relató. Esa ausencia de la autoridad estatal en el terreno no es un problema menor. Es la señal de que el Estado ha renunciado a ejercer el control efectivo de una parte de su territorio. Y cuando el Estado renuncia a controlar su territorio, otros lo controlan por él. Los Morlocks de Ceuta no han aparecido de la nada. Han ocupado el espacio que las autoridades han dejado vacío.

Pulido también ha señalado un patrón geopolítico que merece ser analizado con detenimiento. "Marruecos está escenificando un control alrededor de Ceuta y Melilla, pero está abandonando todo el control de la fachada atlántica: Tarfaya, Tan-Tan, Agadir, la costa saharaui", ha afirmado. Esa doble estrategia —control aparente en el norte, abandono real en el sur— responde a una lógica que ya se observó tras la crisis de 2021: cuando aumentan los controles en Ceuta y Melilla, se relajan en la fachada atlántica, lo que desvía la presión migratoria hacia Canarias. Pulido advierte de que está observando movimientos de población hacia esa zona que anticipan una fuerte presión sobre las islas. Y apunta un dato revelador sobre las pateras que llegan a islas más alejadas como El Hierro: "La mayoría parten de El Aaiún, de Dajla, de todo un litoral donde está presente la Real Marina Marroquí. Si están partiendo desde allí es porque la Real Marina Marroquí está permitiendo que partan". Es decir, Marruecos no solo permite la salida de embarcaciones hacia Canarias, sino que las facilita desde una zona en la que tiene presencia militar permanente. El control es una ficción, una escenificación para consumo internacional.

La metáfora de los Morlocks adquiere así su pleno significado. No se trata solo de los túneles y cuevas, sino de todo un sistema de actores que operan en la oscuridad, al margen de las normas y de los controles, y que se benefician de la pasividad o la complicidad de quienes deberían impedir su actividad. Los narcotraficantes que utilizan los pasadizos subterráneos. Las células yihadistas que buscan penetrar en territorio español. Los traficantes de personas que explotan la vulnerabilidad de los migrantes. Y, por encima de todos ellos, las autoridades marroquíes que escenifican un control que no ejercen y que abandonan la vigilancia de la fachada atlántica para desviar la presión migratoria hacia Canarias. Todos ellos forman parte de un ecosistema que se alimenta de la opacidad, de la falta de control y de la ausencia del Estado en los espacios que no aparecen en los titulares.

La solución a ese problema no es sencilla. Requiere medios técnicos para explorar y neutralizar los túneles y cuevas. Requiere efectivos policiales y militares dedicados específicamente a la vigilancia del subsuelo. Requiere inteligencia para identificar y desarticular las redes que operan en la oscuridad. Requiere, en definitiva, que el Estado recupere el control efectivo de su territorio, en la superficie y bajo ella. Pero ninguna de esas medidas es posible sin una voluntad política clara de defender la frontera. Y esa voluntad, hasta ahora, ha brillado por su ausencia. Mientras el Gobierno siga hablando de tranquilidad, de normalidad y de procedimientos que se tramitan conforme a la ley, los Morlocks de Ceuta seguirán moviéndose por debajo de las calles, en los túneles y cuevas que nadie vigila, esperando su momento. Como en la novela de Wells, la civilización de la superficie solo es sostenible mientras ignora lo que ocurre en las profundidades. Pero cuando los Morlocks emergen, ya es demasiado tarde.

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Ceuta, Sábado 03 de Octubre del 2026

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