Opinión
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Llevamos años diciéndolo desde aquí, desde esta ciudad de la que ningún gran medio de Madrid o Barcelona se acuerda salvo cuando hay cadáveres que contar. Esta semana, tras la incursión masiva de decenas de miles de personas por el espigón del Tarajal durante el jueves y el viernes con un balance de al menos 67 fallecidos confirmados en el lado español, según fuentes oficiales recogidas por la prensa, y estimaciones no confirmadas de la Asociación Marroquí para los Derechos Humanos que elevan la cifra hasta 130 si se cuenta el lado marroquí, Ceuta ha vuelto a ocupar las portadas nacionales. Durante meses, durante años, nadie preguntó por el vacío regulatorio de nuestras competencias autonómicas, por el estado de nuestros servicios sociales, por el 42,2% de tasa AROPE que nos sitúa entre los territorios más empobrecidos de España. Ahora, con Estados Unidos elevando su advertencia de viaje a nivel 3 y la Unión Europea convocando una reunión urgente de ministros de Interior, Ceuta es noticia. Pero es noticia como decorado de una tragedia, no como ciudad con problemas estructurales que merecían atención mucho antes de que hubiera que contar muertos.

Llevamos años diciéndolo desde aquí, desde esta ciudad de la que ningún gran medio de Madrid o Barcelona se acuerda salvo cuando hay cadáveres que contar. Esta semana, tras la incursión masiva de decenas de miles de personas por el espigón del Tarajal durante el jueves y el viernes con un balance de al menos 67 fallecidos confirmados en el lado español, según fuentes oficiales recogidas por la prensa, y estimaciones no confirmadas de la Asociación Marroquí para los Derechos Humanos que elevan la cifra hasta 130 si se cuenta el lado marroquí, Ceuta ha vuelto a ocupar las portadas nacionales. Durante meses, durante años, nadie preguntó por el vacío regulatorio de nuestras competencias autonómicas, por el estado de nuestros servicios sociales, por el 42,2% de tasa AROPE que nos sitúa entre los territorios más empobrecidos de España. Ahora, con Estados Unidos elevando su advertencia de viaje a nivel 3 y la Unión Europea convocando una reunión urgente de ministros de Interior, Ceuta es noticia. Pero es noticia como decorado de una tragedia, no como ciudad con problemas estructurales que merecían atención mucho antes de que hubiera que contar muertos.

Esto no es nuevo. En 2021 vivimos un episodio similar unas 9.000 personas cruzando en dos días y durante semanas los platós se llenaron de enviados especiales que nunca habían pisado Ceuta y que se marcharon en cuanto bajó la audiencia. Ni un seguimiento posterior de las políticas migratorias aplicadas, ni una sola pieza sobre cómo quedó la ciudad cuando las cámaras se fueron. Cinco años después, la historia se repite con una escala aún mayor y un coste humano brutal, y el patrón mediático es idéntico: aterrizaje masivo, titulares de alarma, y silencio en cuanto la noticia deje de generar clics.

Y esa es la parte que más vergüenza da: no es solo que estos medios desaparezcan cuando pasa la tormenta, es que jamás han venido a contar nada que no fuera un problema. Ningún equipo nacional se ha desplazado a Ceuta para hablar de la Virgen de África y de una procesión que este año se mantiene pese a todo, ni de nuestra gastronomía, ni de nuestra convivencia entre culturas que durante generaciones ha funcionado sin necesitar un titular de alarma, ni de la gente que trabaja aquí cada día en centros de menores, en seguridad, en hostelería, sosteniendo una ciudad de la que a Madrid solo le interesa la foto del drama.

Y cuando sí nos han hecho noticia, ha sido casi siempre con el mismo marco: la frontera como amenaza, la "invasión", o el barrio ceutí reducido a titular de radicalización y terrorismo, sin matices, sin contexto social, sin preguntarse qué políticas públicas llevan años sin llegar a esos barrios. Esa es la Ceuta que le interesa a la prensa nacional: la del peligro, la de la alarma, nunca la que trabaja, reza, cocina y convive cada día. No hemos sido noticia por nuestra sanidad, nuestra educación o nuestro comercio; lo hemos sido por el estereotipo que vende. Ahora, con más de sesenta muertos, volvemos a interesar, y volveremos a desaparecer de las portadas en cuanto la imagen deje de ser rentable.

Da vergüenza ajena ver a medios que jamás han dedicado una línea a la obsolescencia de nuestro marco de convivencia educativa, a la falta de reglamento de nuestra Unidad de Policía Autonómica desde 2012, o a la brecha de casi cuatro años en esperanza de vida que nos separa de Madrid, convertirse de la noche a la mañana en expertos en geopolítica del Estrecho. El Gobierno marroquí ha atribuido la crisis a redes de trata de personas y a una interpretación errónea de una sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente; los comisarios europeos hablan de solidaridad y coordinación; y mientras tanto, los ceutíes de a pie los que vivimos aquí todo el año, no solo cuando hay tragedia que retransmitir seguimos esperando que alguien cuente también nuestra vida cotidiana, no solo nuestras catástrofes.

No pido que se ignore lo ocurrido: la magnitud de las muertes exige cobertura, exige rigor, exige que se investigue cada responsabilidad, empezando por la marroquí y sin excluir la española. Lo que pido es coherencia. Que el mismo interés que hoy mueve equipos enteros hacia Ceuta se hubiera aplicado antes a explicar por qué esta ciudad lleva años funcionando con competencias autonómicas sin regular, con servicios básicos al límite y con una clase política nacional que solo se acuerda de que existimos cuando la imagen es lo bastante dramática para abrir un informativo.

Ceuta no necesita compasión de temporada. Necesita memoria, seguimiento y la misma atención en julio que en agosto, en los años tranquilos y en los trágicos. Mientras eso no ocurra, seguiremos siendo, para buena parte de la prensa nacional, un decorado que solo se ilumina cuando hay dolor que vender.

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Ceuta, Martes 04 de Agosto del 2026

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