Lo ocurrido en los últimos días no admite discusión sobre un punto: Ceuta ha vuelto a demostrar una entereza que ya nadie debería poner en duda. Una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados y unos 85.000 habitantes ha visto llegar, en 48 horas, una cifra de personas equivalente a más de la mitad de su población censada. Y, pese a ello, los servicios sanitarios han atendido a quien lo necesitaba, los cuerpos de seguridad han sostenido el perímetro con los medios que tenían, el tejido asociativo y vecinal ha vuelto a activarse sin que nadie se lo pidiera, y la ciudad ha seguido funcionando. Eso no es un dato menor: es mérito de la gente de Ceuta, no de ningún despacho de Madrid ni de ninguna sede de partido.
Lo ocurrido en los últimos días no admite discusión sobre un punto: Ceuta ha vuelto a demostrar una entereza que ya nadie debería poner en duda. Una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados y unos 85.000 habitantes ha visto llegar, en 48 horas, una cifra de personas equivalente a más de la mitad de su población censada. Y, pese a ello, los servicios sanitarios han atendido a quien lo necesitaba, los cuerpos de seguridad han sostenido el perímetro con los medios que tenían, el tejido asociativo y vecinal ha vuelto a activarse sin que nadie se lo pidiera, y la ciudad ha seguido funcionando. Eso no es un dato menor: es mérito de la gente de Ceuta, no de ningún despacho de Madrid ni de ninguna sede de partido.
A quienes hoy sienten inquietud, agotamiento o incertidumbre y es lógico sentirlos, después de lo vivido, conviene decirles esto con la misma honestidad con la que se cuentan los datos: Ceuta ha atravesado episodios de esta magnitud en 2005, en 2014, en 2021, en 2022 y ahora en 2026, y en todos ellos la ciudad ha salido adelante. No porque la crisis dejara de doler, sino porque la respuesta de la gente de aquí ha sido, una y otra vez, más sólida que la de las instituciones que debían anticiparse. Esa es la base real sobre la que sostener la tranquilidad: no la promesa de que no volverá a pasar, sino la certeza, contrastada durante dos décadas, de que Ceuta sabe sostenerse cuando el Estado llega tarde.
Y aquí es donde toca decir lo que no gusta decir en ningún despacho: ha llegado tarde siempre, gobierne quien gobierne. Con Zapatero, con Rajoy, con Sánchez. Con el PP al frente de la Ciudad Autónoma desde 2001 en todos los casos. La competencia sobre la frontera es del Estado, no de la Ciudad Autónoma, y aun así ningún Gobierno de ningún color ha sido capaz, en 21 años, de dejar un protocolo estable, público y permanente para gestionar estos picos antes de que se conviertan en emergencia. Ese fallo no es de un partido. Es una deuda acumulada de todos los que han tenido la responsabilidad de la frontera exterior de España y no han hecho los deberes cuando no había cámaras delante.
Por eso este es el momento de pedir, sin matices ni parcialidad, algo muy simple: que quienes representan a los ceutíes en la Asamblea, en el Congreso, en el Gobierno de España dejen de usar cada crisis como munición electoral y empiecen a usarla como lo que de verdad es, una emergencia compartida que exige una respuesta compartida. Ceuta no necesita que un partido tenga razón sobre otro. Necesita que todos remen en la misma dirección: más medios permanentes para la Guardia Civil y la Policía Nacional en el perímetro, un protocolo sanitario y humanitario que no se improvise cada vez, una negociación seria y estable con Marruecos que no dependa del ciclo político de turno, y transparencia real en los datos, para que ningún ceutí tenga que elegir entre la versión del Gobierno y la versión de la oposición para saber qué está pasando en su propia ciudad.
La ciudad ya ha hecho su parte. Lo ha hecho en 2005, en 2014, en 2021, en 2022 y lo ha vuelto a hacer ahora. Lo que le corresponde a la política, de cualquier signo, es estar a la altura de esa gente por una vez sin esperar a la siguiente crisis para acordarse de ella. Ceuta no pide favores. Pide que dejen de tratarla como terreno de disputa y empiecen a tratarla como lo que es: una ciudad española que lleva dos décadas sosteniendo, con sus propios medios y su propia gente, una frontera que no es suya, pero que defiende como si lo fuera.
Ese es el mensaje que esta ciudad merece escuchar hoy: gracias por resistir, otra vez. Y a quienes deciden desde fuera: ya está bien de que la unidad solo aparezca en los discursos del día después.
