Ceuta atraviesa desde el pasado mes de julio una crisis migratoria de una intensidad que la ciudad no recordaba en años. La llegada masiva e irregular de personas procedentes de Marruecos, con episodios trágicos en el mar que han costado vidas humanas, ha desbordado la capacidad de acogida de la ciudad autónoma y ha puesto en primer plano, una vez más, la fragilidad de una frontera que Ceuta comparte en solitario con un país presuntamente vecino cuyas decisiones no siempre resultan comprensibles desde este lado de la valla.
Ceuta atraviesa desde el pasado mes de julio una crisis migratoria de una intensidad que la ciudad no recordaba en años. La llegada masiva e irregular de personas procedentes de Marruecos, con episodios trágicos en el mar que han costado vidas humanas, ha desbordado la capacidad de acogida de la ciudad autónoma y ha puesto en primer plano, una vez más, la fragilidad de una frontera que Ceuta comparte en solitario con un país presuntamente vecino cuyas decisiones no siempre resultan comprensibles desde este lado de la valla.
El presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Jesús Vivas, llegó a solicitar la declaración de emergencia nacional, una petición que el Gobierno central rechazó por no encajar en el marco legal vigente, aunque terminó reforzando la presencia policial y militar y desplegando medios como la barrera flotante en el litoral. La Asamblea de Ceuta, con representación de todas las fuerzas políticas, reclamó de forma unánime más medios. La respuesta del Estado llegó, según la oposición, tarde y de forma insuficiente. Según el propio Ejecutivo, la coordinación con Marruecos fue constante. Dos relatos que conviven sin apenas rozarse.
Cuando la emergencia se convierte en discurso
Lo que debería ser, ante todo, una cuestión de gestión humanitaria, de seguridad y de coordinación institucional se ha ido transformando, semana tras semana, en un terreno de disputa electoral. El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ha viajado en dos ocasiones a Ceuta en pocas semanas, un gesto que su propio partido reconoce como mensaje político dirigido a situar la inmigración como eje central del próximo curso político, adelantándose incluso a Vox en un discurso que hasta ahora había sido terreno casi exclusivo de la formación de Santiago Abascal. La discusión sobre el traslado de menores migrantes a la Península, rechazado frontalmente por el PP, se ha convertido en munición de debate antes que en una respuesta serena a un problema que afecta, sobre todo, a niñas y niños.
El Gobierno central, por su parte, ha optado por nombrar un coordinador para la gestión de la crisis y por defender públicamente su actuación, en un ejercicio que muchos en Ceuta perciben más como gestión de la imagen que como respuesta a las necesidades reales de la ciudad. Y en el fondo de esa disputa entre Madrid y la oposición, con las elecciones generales cada vez más cerca, Ceuta corre el riesgo de convertirse en escenario y en excusa, más que en prioridad.
Esta dinámica no es nueva ni exclusiva de Ceuta. Ya ha ocurrido antes, en otras crisis migratorias en distintos puntos de España, que el rédito electoral asociado al discurso sobre inmigración termine pesando más que las soluciones estructurales. Lo preocupante es que, mientras los focos se reparten entre visitas, declaraciones y reproches cruzados, la ciudad sigue conviviendo con una situación de tensión en sus calles, en sus centros de acogida y en la vida cotidiana de sus vecinos, ceutíes y migrantes por igual.
Una reflexión para quienes viven aquí
Ceuta ha sobrevivido a crisis fronterizas antes y las ha afrontado, en general, con una resiliencia que pocas ciudades de su tamaño podrían exhibir. Pero esa resiliencia no puede convertirse en excusa para que quienes deben gobernar y legislar utilicen el sufrimiento ajeno como palanca electoral, venga de donde venga esa utilización.
A los ceutíes les corresponde ahora una tarea que va más allá de escuchar discursos: la de exigir, a todos los partidos sin excepción, respuestas concretas y sostenidas en el tiempo, no visitas puntuales ni gestos calculados de cara a una cita electoral. La pregunta que cada vecino debería hacerse no es qué partido ha sabido capitalizar mejor esta crisis, sino cuál de ellos ha ofrecido, de verdad, una solución que perdure más allá de la próxima campaña. Ceuta no necesita protagonistas de un debate nacional. Necesita gestores comprometidos con su gente.
