Opinión
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Madrid ya no es solo una región;  es un símbolo. Una trinchera ideológica en mitad   del lodazal político español, donde Isabel Díaz Ayuso  resiste  como figura  totémica de una libertad asediada. Frente a ella, una maquinaria estatal aceitada con fines partidistas ha convertido la democracia en tablero de caza y las instituciones en herramientas de demolición moral. No es política: es una guerra asimétrica. Y la presidenta  madrileña  lo sabe.

Madrid ya no es solo una región;  es un símbolo. Una trinchera ideológica en mitad   del lodazal político español, donde Isabel Díaz Ayuso  resiste  como figura  totémica de una libertad asediada. Frente a ella, una maquinaria estatal aceitada con fines partidistas ha convertido la democracia en tablero de caza y las instituciones en herramientas de demolición moral. No es política: es una guerra asimétrica. Y la presidenta  madrileña  lo sabe.

Bajo su mandato, Madrid ha apostado por un liberalismo valiente, pragmático, sin complejos. Reducción de impuestos, simplificación normativa, defensa del pequeño empresario y del autónomo, oposición firme al cerrojazo ideológico del intervencionismo.  Mientras  otras  comunidades  se enredan  en  subsidios,  burocracias y catecismos verdes, Ayuso propone confianza, mercado y esfuerzo individual. Y lo hace  sin  pedir perdón.

Eso, en una España dominada por un Gobierno central cuyo reflejo es más latinoamericano que europeo, es intolerable.

Porque Ayuso no solo gobierna: desafía. Cuestiona la autoridad moral del sanchismo.   Y eso no se perdona. Así llegan los ataques, envueltos en celofán jurídico  o camuflados tras titulares de escándalo exprés. Su pareja, su hermano, Nacho Cano… nombres lanzados como piedras, sin pudor ni contexto. Mientras tanto, se silencia la red de intereses que envuelve a la familia Sánchez: una esposa bajo investigación por tráfico de influencias, un hermano cuya nómina pública escapa al escrutinio, y  un  fiscal  general  degradado a  mero  peón  de  la  estrategia gubernamental.

Pero el escándalo nunca salta ahí. Ni con Leire la fontanera. Ni con Santos Cerdán, que parece salido de una novela de Mario Puzo. Ni con Ábalos, desaparecido en combate tras el caso Koldo. Ni con la amnistía que viola el alma del Estado de Derecho para salvar a un puñado de golpistas. Ni con el aforamiento exprés a presidentes de diputación provincial del PSOE en plena sospecha judicial.

La justicia en España hoy parece llevar puñetas y puñal. Y algunos las afilan contra quienes no se arrodillan ante el altar del poder. Ayuso,  en  cambio,  resiste.  Cada ataque la hace más fuerte. Cada intento de doblegarla alimenta su leyenda. Porque      no se deja colonizar por la culpa ni por el    miedo.

Mientras otros se ocultan en gabinetes, ella da la cara en la Asamblea. Mientras el Gobierno llama “facha” a medio país, ella dice “gracias” a los médicos,  camareros, madres solteras y empresarios que sacan Madrid adelante. Ha hecho del Zendal un bastión. De los impuestos, una bandera. Del “déjennos vivir”, una consigna generacional.

¿Perfecta? No. ¿Intocable? Tampoco. Pero en un país donde el Gobierno ha confundido democracia con dominación, Ayuso representa un punto de fuga, un gesto de insumisión liberal que ya trasciende la política y se vuelve cultural.

La izquierda española no la odia solo por lo que hace, sino por lo que simboliza: la imposibilidad de rendirse. La certeza de que aún existe margen para una política sin servidumbre. Y que no todo está    perdido.

La batalla de Ayuso no es solo suya. Es de todos los que creemos que el Estado debe proteger la libertad, no cercarla. Que el poder debe rendir cuentas, no castigar a los que lo desafían. Que Madrid, con sus luces y sus sombras, sigue siendo un lugar donde la palabra “esperanza” no es una reliquia.

Hoy más que nunca, su lucha es nuestra.

 

Por el Think Tank Hispania 1188

Jesús María González Barceló,  Presidente

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Ceuta, Jueves 30 de Julio del 2026

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