Opinión
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Miguel Ángel Pérez Triano lleva semanas siendo el blanco de todo. Le han pedido la dimisión desde dentro de su propio partido. Le han acusado de mirar para otro lado, de anteponer su carrera política al bienestar de los ceutíes, de mentir. Le han insultado en redes sociales con una virulencia que pocas veces se ve hacia un cargo institucional en esta ciudad. Y antes de sumarse a ese coro, o de aplaudirlo sin más, conviene hacer un ejercicio que en política casi nunca se hace: preguntarse qué habría hecho cualquiera de nosotros sentado en esa silla, el 30 de julio, cuando más de 70.000 personas entraron en Ceuta en cuestión de horas.

Miguel Ángel Pérez Triano lleva semanas siendo el blanco de todo. Le han pedido la dimisión desde dentro de su propio partido. Le han acusado de mirar para otro lado, de anteponer su carrera política al bienestar de los ceutíes, de mentir. Le han insultado en redes sociales con una virulencia que pocas veces se ve hacia un cargo institucional en esta ciudad. Y antes de sumarse a ese coro, o de aplaudirlo sin más, conviene hacer un ejercicio que en política casi nunca se hace: preguntarse qué habría hecho cualquiera de nosotros sentado en esa silla, el 30 de julio, cuando más de 70.000 personas entraron en Ceuta en cuestión de horas.

Lo que de verdad ha pasado, sin dramatizar ni blanquear

El diputado socialista Melchor León, vicepresidente segundo de la Asamblea, ha sido el más duro: ha acusado a Pérez Triano de haber mirado hacia otro lado durante la crisis, de priorizar sus intereses personales por encima del bienestar de la ciudad, y ha llegado a escribir públicamente que un cargo que no da la cara ante su gente en el peor momento de las últimas décadas no puede seguir representando a los ceutíes. Ha pedido su dimisión "alto y claro". Son palabras durísimas, y vienen de dentro de su propio partido, lo que las hace todavía más noticiables.

Pérez Triano, por su parte, ha roto su silencio y ha explicado que su prioridad desde el primer minuto fue coordinar la activación de todos los recursos del Estado, y ha respondido directamente a por qué no compareció en las primeras horas del colapso. En una entrevista en RTVE, admitió sin rodeos algo que pocos cargos públicos reconocen con esa franqueza: que Ceuta sigue desbordada, que la normalidad está lejos todavía. No se escondió detrás de un eufemismo.

Pónganse en su lugar un momento

Nadie que no haya estado ahí puede saber con certeza qué margen de maniobra tiene un delegado del Gobierno cuando entran 70.000 personas en una ciudad de 85.000 habitantes en menos de un día. Las decisiones de fondo despliegue militar, negociación con Marruecos, declaración o no de emergencia nacional, coordinación entre ministerios no se toman en Ceuta. Se toman en Madrid, y el delegado del Gobierno, guste o no, es la última pieza de una cadena de mando que empieza muy lejos de aquí. Eso no le exime de responsabilidad sobre su propia gestión, pero sí obliga a preguntarse cuánto de lo que se le reprocha depende realmente de él y cuánto depende de decisiones que ni siquiera le corresponden.

Es fácil, desde fuera, señalar que no compareció antes, que debería haber estado más visible, que su respuesta llegó tarde. Es mucho más difícil coordinar en tiempo real la llegada de la Legión, la Guardia Civil, la Policía Nacional, los servicios sanitarios y sociales, y al mismo tiempo salir a dar la cara ante las cámaras, sin dejar de gestionar nada de lo anterior. No digo esto para blindarlo de cualquier crítica legítima. Lo digo porque exigir sin matices, como si gestionar un colapso de esa magnitud fuera sencillo, no ayuda a nadie, y menos a Ceuta.

Dejemos las ideologías a un lado

Aquí no se trata de si uno simpatiza con el PSOE, con quien le critica desde dentro, o con quien aprovecha la crisis desde fuera para hacer campaña. Se trata de una pregunta más sencilla y más justa: ¿estamos juzgando la gestión real de un delegado del Gobierno, o estamos dilapidando a la persona más visible porque es más fácil cargar contra quien tenemos delante que contra quien decide, muchas veces, a cientos de kilómetros? Las decisiones estructurales sobre migración, fronteras y recursos del Estado vienen de Madrid, con independencia del color del Gobierno de turno. Pérez Triano puede haber acertado o haber fallado en su papel concreto, pero convertirlo en el único responsable de una crisis que desborda ampliamente sus competencias es, cuando menos, una simplificación cómoda.

Criticar sí, linchar no

Nada de esto significa que un delegado del Gobierno esté por encima del escrutinio público. Si hubo errores de coordinación, deben señalarse con nombre y con hechos, no con adjetivos. Pero hay una diferencia entre la crítica política, necesaria y sana, y el linchamiento personal que hemos visto estas semanas, especialmente en redes sociales, donde a menudo se insulta más de lo que se argumenta. Ceuta se merece un debate público a la altura de lo que ha vivido: exigente con quien gestiona, pero también honesto sobre dónde empiezan y dónde terminan sus responsabilidades reales.

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Ceuta, Martes 18 de Agosto del 2026

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