La Verdad Deportiva
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España se enfrenta a Francia, pero el partido comenzó mucho antes del primer silbido. Comenzó en las tertulias, en las redes sociales y en esa competición nacional por demostrar quién desprecia mejor lo propio. Las polémicas extradeportivas han terminado ocupando más espacio que el fútbol y, como tantas veces, los críticos más implacables con España vuelven a ser los propios españoles.

España se enfrenta a Francia, pero el partido comenzó mucho antes del primer silbido. Comenzó en las tertulias, en las redes sociales y en esa competición nacional por demostrar quién desprecia mejor lo propio. Las polémicas extradeportivas han terminado ocupando más espacio que el fútbol y, como tantas veces, los críticos más implacables con España vuelven a ser los propios españoles.

Tenemos una extraña facilidad para convertir cualquier acontecimiento colectivo en una guerra civil de palabras. Nos cuesta celebrar sin preguntar primero quién lo celebra, qué piensa, de dónde viene o a quién vota. Antes que apoyar, sospechamos. Antes que reconocer, desacreditamos. Antes que sentirnos parte de algo común, levantamos una trinchera.

Y lo hacemos desde un país cuya aportación al mundo debería bastar para caminar con la cabeza alta. 

España fue tierra de navegantes, científicos, escritores, artistas, médicos, ingenieros y exploradores. Aquí Juan de la Cierva desarrolló el autogiro; Isaac Peral construyó uno de los submarinos eléctricos más avanzados de su época; y Emilio Herrera diseñó una escafandra estratonáutica considerada antecedente de los posteriores trajes espaciales. 

España ha entregado al patrimonio universal una lengua hablada por cientos de millones de personas, una literatura extraordinaria, una arquitectura reconocible en todo el planeta, una gastronomía admirada y una cultura que ha traspasado continentes. Ha formado profesionales que trabajan dentro y fuera de nuestras fronteras y ha construido una sociedad capaz de avanzar incluso en sus peores momentos.

Pero aquí seguimos empeñados en reducir España a una discusión política, a una bandera utilizada como arma arrojadiza o a una sucesión interminable de agravios. Parece que reconocer la grandeza del país obligara a negar sus problemas. No es así. Se puede exigir, criticar y denunciar lo que funciona mal sin convertir el desprecio a España en una pose intelectual.

Hoy juegan españoles contra Francia. Personas nacidas o formadas en una nación diversa, plural y llena de contradicciones, pero también extraordinaria. No deberían tener que pedir permiso para representar orgullosamente a su país.

Francia será el adversario sobre el césped. Fuera de él, España volverá a enfrentarse a su rival más persistente: esa parte de sí misma que nunca encuentra nada que admirar, que todo lo cuestiona y que solo parece sentirse cómoda cuando dispara contra los suyos.

Quizá algún día comprendamos que un país no se hace grande únicamente por lo que consigue, sino también por la capacidad de sus ciudadanos para reconocerlo. Hasta entonces, seguiremos siendo una nación inmensa empeñada en mirarse como si fuera pequeña.

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Ceuta, Jueves 30 de Julio del 2026

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