La noticia duele: los bomberos han encontrado sin vida a un hombre mayor en su casa de la Plaza de los Reyes. Nadie contestaba a su puerta desde hacía días. Nadie preguntaba por él. Hubo que forzar la entrada para descubrir que, como tantas otras veces, la soledad había ganado la batalla.
La noticia duele: los bomberos han encontrado sin vida a un hombre mayor en su casa de la Plaza de los Reyes. Nadie contestaba a su puerta desde hacía días. Nadie preguntaba por él. Hubo que forzar la entrada para descubrir que, como tantas otras veces, la soledad había ganado la batalla.
Vivimos tiempos donde cada uno va a lo suyo, en los que la prisa y el individualismo han dejado en segundo plano algo tan básico como mirar a nuestro alrededor. No es solo un problema de los mayores. Es un problema de todos. De vecinos que no se saludan. De puertas cerradas. De teléfonos que no suenan. De vidas que se apagan en silencio, sin que nadie se dé cuenta.
Este suceso no debería pasar como una simple nota de sucesos. Debería ser una llamada de atención. ¿Qué tipo de sociedad somos si permitimos que alguien muera solo, en su propia casa, sin que nadie lo eche de menos hasta que huele mal? Las redes de asistencia existen, sí, pero no pueden sustituir a la humanidad, al interés genuino, a la vecindad de toda la vida.
Ceuta es una ciudad pequeña, de esas donde siempre se dijo que todo el mundo se conoce. Pero incluso aquí, donde los rostros familiares son parte del paisaje diario, también se puede estar solo. También se puede morir solo. Y eso nos debería doler a todos.
Quizá no podamos cambiar el mundo, pero sí podemos empezar por abrir los ojos y preocuparnos un poco más por quien vive a nuestro lado. Una simple llamada, un “¿cómo estás?”, un gesto. A veces, eso basta para que alguien no se sienta tan solo. O, al menos, para que no muera así.
