Lo ocurrido en torno a Obimace, Servilimpce y Obimasa no parece una simple reorganización: suena a intervención política en toda regla. Primero se anuncian cambios de gerencias y “reordenación estructural”; después, el diseño apunta a un centro de mando común bajo la órbita de Juan Manuel Sánchez Valderrama, hasta ahora gerente de Acemsa. Eso, en la práctica, es vaciar de poder al consejero que formalmente sigue al frente del área.
Lo ocurrido en torno a Obimace, Servilimpce y Obimasa no parece una simple reorganización: suena a intervención política en toda regla. Primero se anuncian cambios de gerencias y “reordenación estructural”; después, el diseño apunta a un centro de mando común bajo la órbita de Juan Manuel Sánchez Valderrama, hasta ahora gerente de Acemsa. Eso, en la práctica, es vaciar de poder al consejero que formalmente sigue al frente del área.
Y ahí está la clave: Alejandro Ramírez mantiene sillones, pero pierde control. Una sentencia lenta, sí, pero visible. Y, sobre todo, humillante. Si no hay cese político inmediato, la imagen que queda es la de un dirigente amortizado al que se le quitan competencias por capítulos.
Ramírez ha pagado caro una forma de hacer política basada en no escuchar, imponer y creer que el cargo sustituye a la gestión. El ego, cuando gobierna, termina cobrando factura. Y esa factura ya ha llegado de forma merecida.
