Ceuta tiene una historia compartida entre sus tradiciones religiosas y su alma militar. Es una relación que no necesita explicación, porque basta con mirar una procesión para entenderlo: legionarios escoltando al Cristo de la Buena Muerte, gastadores con hábito nazareno o tambores que suenan con marcialidad y devoción. Por eso, cuesta entender que el Consejo de Hermandades y la Comandancia General aún no hayan formalizado un acuerdo estable que refuerce esta unión que tantos frutos ha dado.
Ceuta tiene una historia compartida entre sus tradiciones religiosas y su alma militar. Es una relación que no necesita explicación, porque basta con mirar una procesión para entenderlo: legionarios escoltando al Cristo de la Buena Muerte, gastadores con hábito nazareno o tambores que suenan con marcialidad y devoción. Por eso, cuesta entender que el Consejo de Hermandades y la Comandancia General aún no hayan formalizado un acuerdo estable que refuerce esta unión que tantos frutos ha dado.
Sería lógico, e incluso necesario, que ambas instituciones se sentaran a hablar, con respeto mutuo y voluntad de cooperación. No se trata solo de simbolismo, sino de buscar soluciones reales a problemas que cada año se repiten, como la escasez de costaleros o la falta de relevo generacional en algunos pasos. ¿Por qué no premiar a los militares que se comprometan con los ensayos y las salidas procesionales con días de permiso? Sería un gesto de reconocimiento al esfuerzo y una motivación extra para muchos.
La medida no solo aliviaría la falta de brazos en la Semana Santa, sino que estrecharía aún más los lazos entre el Ejército y la ciudad. No es ningún disparate: hay precedentes similares en otras plazas, y Ceuta tiene una idiosincrasia única que lo justificaría sobradamente. La implicación militar en nuestras tradiciones no es solo bienvenida, es casi parte del ADN caballa.
A veces, las soluciones están más cerca de lo que creemos, pero hacen falta voluntad y valentía para proponerlas. Ceuta no se puede permitir seguir perdiendo identidad ni dejar que las hermandades sobrevivan a duras penas por falta de recursos humanos. Y el Ejército, que siempre ha estado cuando se le ha necesitado, seguro que no mira hacia otro lado si se le tiende la mano.
Quizá ha llegado el momento de firmar ese acuerdo. No por protocolo, sino por convicción. Por la ciudad, por su gente y por unas tradiciones que solo seguirán vivas si todos remamos en la misma dirección.
