La Sentencia
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Otra vez. Como quien no quiere la cosa, esta madrugada hemos perdido una hora de sueño y ganamos, dicen, algo más de luz por la tarde. A las dos ya eran las tres, y con ese gesto casi automático volvemos a un ritual que se repite cada año sin que termine de convencer a casi nadie. Lo curioso no es el cambio en sí, sino que sigamos haciéndolo mientras el debate sobre su utilidad lleva años encallado.

Otra vez. Como quien no quiere la cosa, esta madrugada hemos perdido una hora de sueño y ganamos, dicen, algo más de luz por la tarde. A las dos ya eran las tres, y con ese gesto casi automático volvemos a un ritual que se repite cada año sin que termine de convencer a casi nadie. Lo curioso no es el cambio en sí, sino que sigamos haciéndolo mientras el debate sobre su utilidad lleva años encallado.

El origen de esta medida tenía sentido en su momento: ahorrar energía en tiempos donde cada recurso contaba. Pero hoy, con hábitos de consumo muy distintos y tecnología mucho más eficiente, ese argumento suena cada vez más a excusa heredada que a necesidad real. Si el ahorro es, como apuntan muchos estudios, poco más que simbólico, cuesta entender por qué seguimos ajustando nuestros relojes… y nuestro cuerpo.

Porque si algo está claro es que el cambio sí tiene efectos, y no precisamente menores. Dormimos peor, estamos más cansados y nos cuesta concentrarnos. No es solo una sensación: nuestro reloj biológico se descoloca, y eso se nota, especialmente en niños, mayores y en quienes no pueden adaptar fácilmente sus horarios. Cambiamos una supuesta eficiencia energética por unos días —o semanas— de desajuste personal.

Aun así, hay quien defiende el horario de verano por esas tardes largas que invitan a salir, a vivir más la calle. Y es cierto que tienen su encanto. Pero la pregunta sigue siendo si compensa mantener un sistema que cada vez genera más dudas que beneficios. Las encuestas lo dicen claro: cada vez más gente preferiría dejar de tocar el reloj y apostar por un horario fijo.

El problema, como casi siempre, no es tanto la falta de ideas como la falta de acuerdo. Europa lleva tiempo dándole vueltas sin llegar a una decisión común, y mientras tanto seguimos atrapados en este vaivén horario. Así que, de momento, toca adelantar el reloj y asumir que el debate sigue en punto muerto. Eso sí, mañana, con una hora menos de sueño, seguro que más de uno tendrá claro lo que opina.

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Ceuta, Miercoles 05 de Agosto del 2026

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