Ceuta tiene un patrón, San Daniel, pero viendo cómo se celebra su festividad, cualquiera diría que estamos hablando de una fecha sin demasiada importancia en el calendario. Resulta difícil entender que una ciudad con tanta historia, tantas tradiciones y tanto orgullo por sus raíces haya permitido que una celebración tan significativa se convierta en una jornada prácticamente descafeinada, sin el ambiente, la participación ni el protagonismo institucional que merece. Y lo peor es que parece que nos hemos acostumbrado a ello.
Ceuta tiene un patrón, San Daniel, pero viendo cómo se celebra su festividad, cualquiera diría que estamos hablando de una fecha sin demasiada importancia en el calendario. Resulta difícil entender que una ciudad con tanta historia, tantas tradiciones y tanto orgullo por sus raíces haya permitido que una celebración tan significativa se convierta en una jornada prácticamente descafeinada, sin el ambiente, la participación ni el protagonismo institucional que merece. Y lo peor es que parece que nos hemos acostumbrado a ello.
San Daniel no es un santo cualquiera para Ceuta. Es parte de nuestra historia, de nuestra identidad y de unas tradiciones que deberían transmitirse de generación en generación. Sin embargo, su festividad pasa cada año con más pena que gloria, sin una programación verdaderamente atractiva que invite a los ceutíes a salir a la calle, participar y sentirse orgullosos de su patrón. Una celebración que debería unir a la ciudad acaba pasando casi inadvertida para buena parte de sus vecinos.
Y aquí es donde nuestras instituciones deberían hacerse algunas preguntas. ¿De verdad es esta la importancia que queremos darle al patrón de Ceuta? ¿No somos capaces de organizar una celebración a la altura de lo que representa? No se trata únicamente de actos religiosos, que merecen todo el respeto y reconocimiento, sino de acompañarlos con actividades culturales, divulgativas y populares que permitan recuperar el espíritu de esta festividad. Porque las tradiciones no se mantienen vivas simplemente poniendo una fecha en el calendario, sino dándoles contenido y haciendo partícipe a la ciudadanía.
Resulta especialmente llamativo que en Ceuta se encuentren recursos, tiempo y entusiasmo para organizar acontecimientos de todo tipo, mientras una celebración tan nuestra parece condenada a ocupar un discreto segundo plano. Nadie está pidiendo grandes desembolsos económicos ni espectáculos desmesurados, pero sí un poco de imaginación, voluntad política y cariño por nuestras raíces. San Daniel merece bastante más que una celebración de compromiso, de esas que se cumplen por obligación y se olvidan al día siguiente.
Ceuta no puede presumir continuamente de su historia y después dejar que sus tradiciones pierdan fuerza por falta de interés. Un pueblo que deja apagar sus costumbres termina perdiendo una parte de su identidad. Todavía estamos a tiempo de devolver a San Daniel el lugar que le corresponde, pero para ello hace falta algo más que buenas palabras y fotografías institucionales. Hace falta creer de verdad en lo nuestro. Porque San Daniel es el patrón de Ceuta, y ya va siendo hora de que su festividad esté a la altura de ese título.