En política, a veces el silencio dice más que mil ruedas de prensa. Eso es lo que muchos ciudadanos comentan estos días sobre Juan Vivas y su relación con la controvertida gestión de Alejandro Ramírez. No son pocos los que consideran que la etapa reciente ha estado marcada por decisiones erráticas y una gestión que, como mínimo, ha generado un profundo malestar público.
En política, a veces el silencio dice más que mil ruedas de prensa. Eso es lo que muchos ciudadanos comentan estos días sobre Juan Vivas y su relación con la controvertida gestión de Alejandro Ramírez. No son pocos los que consideran que la etapa reciente ha estado marcada por decisiones erráticas y una gestión que, como mínimo, ha generado un profundo malestar público.
Hay quien habla directamente de complicidad política, no tanto por acciones concretas demostradas, sino por la falta de una reacción contundente ante lo que la oposición y parte de la ciudadanía califican como un escándalo sin precedentes. Cuando un dirigente mantiene en su puesto a un colaborador cuestionado, el mensaje que se transmite —justo o injusto— es de respaldo. Y en año preelectoral, las percepciones pesan tanto como los hechos.
La política es también cuestión de tiempos. Si existen dudas razonables sobre la gestión de un cargo público, lo habitual es dar explicaciones claras o asumir responsabilidades. No hacerlo alimenta la sensación de que se prioriza la estrategia sobre la transparencia. Y eso, en una sociedad cada vez más crítica y conectada, pasa factura.
De cara a las próximas elecciones, la imagen lo es todo. Mantener una figura desgastada puede convertirse en un lastre electoral difícil de remontar. Tal vez aún haya margen para una decisión valiente: o una defensa pública firme y argumentada, o propiciar una dimisión que permita pasar página.
Porque, al final, no se trata solo de nombres propios. Se trata de credibilidad. Y la credibilidad, cuando se erosiona, cuesta mucho recuperarla.
