Hay silencios que hacen más ruido que mil discursos, y el de Ceuta Ya! estos días retumba en toda la ciudad. Un guardia civil herido por un migrante armado con un garfio —que no fue al brazo por casualidad, sino porque falló al intentar darle en la cabeza— y ni una palabra de apoyo, ni una condena clara, ni un gesto mínimo de humanidad. Nada. Como si no hubiera pasado.
Hay silencios que hacen más ruido que mil discursos, y el de Ceuta Ya! estos días retumba en toda la ciudad. Un guardia civil herido por un migrante armado con un garfio —que no fue al brazo por casualidad, sino porque falló al intentar darle en la cabeza— y ni una palabra de apoyo, ni una condena clara, ni un gesto mínimo de humanidad. Nada. Como si no hubiera pasado.
Resulta llamativo, por no decir indignante, que un partido que se llena la boca hablando de derechos y convivencia no sea capaz de condenar una agresión tan grave. Aquí no va de ideologías ni de banderas, va de una persona que pudo acabar muerta cumpliendo su trabajo. Y cuando toca mojarse, Ceuta Ya! se esconde detrás del mutismo más cobarde.
Y luego está su líder, Mohamed Mustafa, que cada año aparece puntual en la concentración contra los guardias civiles por los altercados de la frontera. Para eso siempre hay agenda, pancarta y micrófono. Pero ahora, cuando un agente acaba herido por un ataque brutal, el silencio es total. Esa doble vara de medir no es despiste: es cálculo político del malo.
Porque callar también es tomar partido. Y en este caso, Ceuta Ya! ha decidido mirar hacia otro lado, dejando tirado a quien se jugó la vida. A algunos ese silencio les pesará poco, pero a muchos ceutíes nos suena a traición moral. Y eso, por mucho que intenten disimularlo, acaba pasando factura.
