Lo de la sanidad en Ceuta ya no es una sensación aislada ni una queja puntual: empieza a parecer un problema estructural que se arrastra sin solución a la vista. Cuando casi la mitad de la población percibe que el sistema funciona peor que en el resto del país, conviene dejar de discutir si es percepción o realidad y empezar a preguntarse por qué ocurre.
Lo de la sanidad en Ceuta ya no es una sensación aislada ni una queja puntual: empieza a parecer un problema estructural que se arrastra sin solución a la vista. Cuando casi la mitad de la población percibe que el sistema funciona peor que en el resto del país, conviene dejar de discutir si es percepción o realidad y empezar a preguntarse por qué ocurre.
Es fácil caer en el cruce de reproches políticos, pero aquí hay un elemento que no admite demasiado debate: la sanidad en Ceuta depende directamente del Gobierno central. Eso elimina excusas y obliga a asumir responsabilidades con mayor claridad de la habitual. Si los datos son malos —y lo son—, la respuesta no puede ser mirar hacia otro lado.
Más allá de los porcentajes, el problema se traduce en cuestiones muy concretas: falta de especialistas, derivaciones constantes a la península, saturación en Atención Primaria y una organización que no termina de funcionar. No es solo cuánto dinero se destina, sino cómo se utiliza y qué prioridades se marcan.
También es significativo que las críticas no procedan únicamente de los partidos políticos. Profesionales sanitarios, sindicatos y usuarios coinciden en el diagnóstico. Cuando tantas voces apuntan en la misma dirección, lo sensato sería sentarse, escuchar y corregir el rumbo.
Al final, lo que está en juego no es una estadística, sino la confianza de los ciudadanos en un servicio básico. Y esa confianza, una vez se pierde, cuesta mucho recuperarla. Por eso, más que debates estériles, lo que hace falta ahora es gestión, planificación y, sobre todo, soluciones.
