Cuando María Fuster, portavoz de VOX, afirma que la Sanidad en Ceuta está “abandonada y desmantelada”, no está diciendo nada que muchos ceutíes no lleven tiempo sintiendo en su día a día. Listas de espera eternas, falta de especialistas y una sensación constante de parcheo hacen pensar que la ciudad sigue siendo la gran olvidada del sistema sanitario.
Cuando María Fuster, portavoz de VOX, afirma que la Sanidad en Ceuta está “abandonada y desmantelada”, no está diciendo nada que muchos ceutíes no lleven tiempo sintiendo en su día a día. Listas de espera eternas, falta de especialistas y una sensación constante de parcheo hacen pensar que la ciudad sigue siendo la gran olvidada del sistema sanitario.
La crítica va más allá de lo local. Fuster lanza una pregunta incómoda pero lógica: si el Ministerio de Sanidad no es capaz de gestionar directamente una ciudad pequeña como Ceuta, sobre la que tiene las competencias, ¿cómo va a poder coordinar eficazmente todo el mapa sanitario de las comunidades autónomas? La desconfianza no nace de la ideología, sino de la experiencia.
En este contexto, el papel del Ingesa vuelve a estar en el punto de mira. Para muchos, se ha convertido en un intermediario ineficaz, más pendiente de la burocracia que de resolver problemas reales. De ahí que se plantee su desaparición como un paso necesario para simplificar la gestión y evitar duplicidades que solo generan más retrasos.
La propuesta es clara: que el Ministerio asuma directamente la gestión, unifique criterios y garantice un mayor control. No se trata de recentralizar por capricho, sino de asegurar que un ciudadano de Ceuta tenga las mismas oportunidades y calidad asistencial que uno de cualquier otro punto del país. Porque la salud, al final, no debería depender del código postal.
