El Partido Popular ha puesto el dedo en la llaga con una petición que, lejos de ser oportunista, responde a una necesidad real: garantizar que se enseñe en los institutos de toda España la historia del terrorismo de ETA. Y no se trata de reabrir heridas, sino de evitar que se borren. Porque lo que no se cuenta, se olvida, y lo que se olvida, corre el riesgo de repetirse.
El Partido Popular ha puesto el dedo en la llaga con una petición que, lejos de ser oportunista, responde a una necesidad real: garantizar que se enseñe en los institutos de toda España la historia del terrorismo de ETA. Y no se trata de reabrir heridas, sino de evitar que se borren. Porque lo que no se cuenta, se olvida, y lo que se olvida, corre el riesgo de repetirse.
Durante décadas, ETA asesinó, extorsionó y sembró el miedo en nuestro país. Aquello no fue un conflicto entre iguales, ni una lucha política mal resuelta. Fue terrorismo, con víctimas inocentes y una sociedad entera paralizada por el terror. Educar a las nuevas generaciones sobre esa realidad no es un capricho ideológico, es una obligación democrática.
No podemos permitirnos una juventud que desconozca lo que significó vivir bajo la amenaza de una banda armada. Así como enseñamos la historia del franquismo o del Holocausto, también debemos enseñar lo que pasó en nuestro suelo: quiénes fueron las víctimas, qué defendían los verdugos y cómo, finalmente, venció el Estado de derecho.
Claro que esto exige hacerlo con rigor, sin sesgos ni manipulaciones. No se trata de adoctrinar, sino de formar ciudadanos críticos, con memoria y sentido ético. Y para eso, la historia —toda la historia— tiene que estar en las aulas.
Olvidar a ETA es una forma de darles la última victoria. Recordarlos, desde la verdad y la justicia, es el homenaje más poderoso que podemos rendir a quienes pagaron con su vida el precio de nuestra libertad.
