El puerto de Ceuta vive un momento decisivo. Por un lado, los continuos cambios en la línea Ceuta–Algeciras —barcos sustituidos, incidencias, cancelaciones— castigan a los residentes y dañan la imagen turística de la ciudad con sus precios. Cada retraso no es solo un problema logístico: es una barrera más para quien quiere visitar Ceuta o simplemente salir y entrar con normalidad.
El puerto de Ceuta vive un momento decisivo. Por un lado, los continuos cambios en la línea Ceuta–Algeciras —barcos sustituidos, incidencias, cancelaciones— castigan a los residentes y dañan la imagen turística de la ciudad con sus precios. Cada retraso no es solo un problema logístico: es una barrera más para quien quiere visitar Ceuta o simplemente salir y entrar con normalidad.
Al mismo tiempo, se anuncia la ampliación de almacenamiento y la entrada de biocombustibles para el bunkering en el Estrecho. Sobre el papel suena bien: combustible más limpio, actividad económica, empleo. Pero la pregunta es inevitable: ¿el puerto piensa en el ciudadano o solo en el tránsito de mercancías y en el negocio de los combustibles?
La oportunidad está ahí: Ceuta podría liderar el bunkering “verde” del Estrecho frente a otros puertos, ser referencia en sostenibilidad marítima y no un simple surtidor flotante. Pero para eso hace falta un verdadero proyecto de conexión puerto–ciudad: menos ruido, menos tráfico pesado, menos contaminación y más empleo estable y de calidad.
Si el desarrollo del puerto no mejora la vida de los ceutíes, seguiremos siendo solo la gasolinera del Estrecho, por muy “verde” que pinten el cartel y aunque nos gastemos 25 millones de euros en una estación marítima nueva.
