Otra vez más, un docente agredido. Otra vez más, titulares que indignan, declaraciones institucionales de condena y algún que otro minuto de silencio. Pero, ¿y después? Poco. La realidad es que las agresiones a profesores siguen ocurriendo, y lo peor es que ya ni sorprenden. Hay una falta de respeto creciente hacia la figura del maestro, y eso, como sociedad, debería preocuparnos muchísimo.
Otra vez más, un docente agredido. Otra vez más, titulares que indignan, declaraciones institucionales de condena y algún que otro minuto de silencio. Pero, ¿y después? Poco. La realidad es que las agresiones a profesores siguen ocurriendo, y lo peor es que ya ni sorprenden. Hay una falta de respeto creciente hacia la figura del maestro, y eso, como sociedad, debería preocuparnos muchísimo.
Al igual que los sanitarios, los docentes deberían ser considerados autoridad pública en el ejercicio de su profesión. No por capricho ni por privilegio, sino por necesidad. Porque educar no es solo enseñar matemáticas o historia, es también formar en valores, en convivencia, en civismo. Y eso, en muchos casos, se está haciendo en entornos cada vez más hostiles, donde padres permisivos y alumnos sin límites acaban descargando su frustración contra quienes menos lo merecen.
Ningún profesor debería temer por su integridad física al entrar en un aula. Ni sentirse solo ante la agresión de un alumno o la falta de respaldo del sistema. Reconocer su autoridad legal durante su jornada laboral es una forma básica de protegerles, de darles herramientas y de lanzar un mensaje claro: agredir a un profesor es tan grave como agredir a un policía o a un médico. Porque en todos los casos se está atacando a alguien que ejerce una función esencial para el bien común.
Ya es hora de dejar de mirar hacia otro lado. La educación necesita respeto, apoyo y firmeza. Y eso empieza por darle a los docentes la protección jurídica que merecen. Si seguimos permitiendo que la impunidad y la indiferencia campen a sus anchas en los centros educativos, no solo estaremos fallando a los profesores: estaremos fallando a toda una generación.
