Hay que tener muy poca sensibilidad para contestar así. Pedro Sánchez sale del Congreso, le preguntan por los menores que todavía siguen por las calles de Ceuta después de todo lo que esta ciudad lleva soportando desde aquel fatídico 30 de julio y su respuesta es: «Eso pregúntaselo a Vivas». Y se queda tan ancho. Como si Ceuta estuviera a miles de kilómetros de España. Como si esto no fuera también asunto suyo. Como si el Gobierno de la nación pudiera mirar hacia otro lado y pasarle la pelota al presidente de la Ciudad.
Hay que tener muy poca sensibilidad para contestar así. Pedro Sánchez sale del Congreso, le preguntan por los menores que todavía siguen por las calles de Ceuta después de todo lo que esta ciudad lleva soportando desde aquel fatídico 30 de julio y su respuesta es: «Eso pregúntaselo a Vivas». Y se queda tan ancho. Como si Ceuta estuviera a miles de kilómetros de España. Como si esto no fuera también asunto suyo. Como si el Gobierno de la nación pudiera mirar hacia otro lado y pasarle la pelota al presidente de la Ciudad.
Lo peor es la forma. Esa actitud que transmite quien parece estar cansado de que le pregunten por Ceuta cuando los cansados de verdad somos los que vivimos aquí. Porque mientras unos se marchan del Congreso y continúan con su agenda, aquí seguimos viendo las consecuencias todos los días. Y no, señor Sánchez, no vale con decir que se lo preguntemos a Vivas. Preguntaremos a Vivas por lo que sea responsabilidad de Vivas y le preguntaremos a usted por lo que corresponde al Estado, porque para eso es el presidente del Gobierno de España. También, aunque a veces parezca olvidarlo, de Ceuta.
A estas alturas ya estamos hartos del juego de las competencias. Que si esto corresponde a la Ciudad, que si aquello al Estado, que si ahora hay que esperar a Marruecos, que si mañana habrá una reunión. Mientras ellos discuten quién tiene que hacer qué, el problema continúa en nuestras calles. Han pasado 48 días. Cuarenta y ocho. Y los ceutíes hemos tenido una paciencia que probablemente no habría tenido ninguna otra ciudad española ante una situación semejante. Lo mínimo que merecemos es respeto. Y respuestas.
Por eso resulta tan desagradable escuchar ese «pregúntaselo a Vivas». No necesitamos chulerías ni desplantes. Necesitamos un presidente que, cuando le pregunten por Ceuta, pare, dé la cara y explique qué está haciendo su Gobierno. Si la respuesta es incómoda, que la dé. Si algo se está haciendo mal, que lo reconozca. Y si hay que sentarse mañana mismo con Vivas y con Marruecos hasta encontrar una solución, que se sienten. Para eso están. Gobernar no consiste en quitarse los problemas de encima cuando vienen mal dadas.
Lo ocurrido este miércoles deja un sabor realmente amargo. Porque detrás de esa pregunta hay una ciudad agotada, preocupada y que empieza a preguntarse hasta dónde llegará todo esto. Ceuta no pide privilegios. Pide que la protejan, que la respeten y que no la dejen sola. Y escuchar al presidente del Gobierno despachar un asunto tan serio con un «pregúntaselo a Vivas» provoca algo más que enfado. Empieza a dar miedo pensar en qué manos estamos.