La enfermería escolar es uno de esos servicios que, cuando funciona, pasa desapercibido, pero cuya ausencia se nota —y mucho— en el día a día de los colegios. Tener profesionales de enfermería en los centros educativos no es un lujo, sino una garantía de seguridad y bienestar para el alumnado. Son quienes atienden emergencias, controlan enfermedades crónicas y ayudan a que los más pequeños aprendan a cuidar de su salud desde edades tempranas.
La enfermería escolar es uno de esos servicios que, cuando funciona, pasa desapercibido, pero cuya ausencia se nota —y mucho— en el día a día de los colegios. Tener profesionales de enfermería en los centros educativos no es un lujo, sino una garantía de seguridad y bienestar para el alumnado. Son quienes atienden emergencias, controlan enfermedades crónicas y ayudan a que los más pequeños aprendan a cuidar de su salud desde edades tempranas.
Sin embargo, mantener este recurso no siempre parece estar entre las prioridades de las administraciones. Se suele ver como un gasto, cuando en realidad es una inversión en salud pública y en tranquilidad para las familias. No es lo mismo que un niño con diabetes, alergias o epilepsia esté en un colegio con un enfermero preparado para actuar, que dejar su atención en manos de la buena voluntad de profesores que, por muy implicados que estén, no tienen formación sanitaria.
El esfuerzo por mantener la enfermería escolar debería ser compartido: administraciones que garanticen plazas estables, centros que integren a estos profesionales como parte esencial de la comunidad educativa y familias que reclamen lo que es un derecho básico. No hablamos de caprichos, sino de algo tan sencillo como asegurar que la salud de los niños está protegida mientras aprenden.
La prevención y la atención temprana que ofrece la enfermería escolar evitan problemas mayores en el futuro. Si se apuesta por ella hoy, se reducen costes sanitarios mañana y se promueve una cultura de salud en la sociedad. Es, además, una manera de cuidar también al profesorado, liberándolo de una carga que no le corresponde.
Por eso, conviene recordarlo claro y alto: la enfermería escolar no puede ser una pieza prescindible, sino una prioridad a blindar. Mantenerla es una cuestión de responsabilidad colectiva y de sentido común. Porque cuidar de los niños en la escuela es, en realidad, cuidar del futuro de todos.
