En política, últimamente parece que nos estamos acostumbrando a ver siempre el mismo espectáculo: políticos que prometen el oro y el moro, pero a la hora de la verdad no pueden o no quieren cumplir nada. Se la pasan cambiando reglas, desmontando lo que otros hicieron solo para poner obstáculos a quien no piensa como ellos, haciendo la famosa “política del no quiero líos”. Y cuando meten la pata hasta el fondo, cosa que sucede con demasiada frecuencia, lo primero que hacen es echar la culpa a todo el mundo menos a sí mismos. ¿Y así quieren que creamos en ellos?
En política, últimamente parece que nos estamos acostumbrando a ver siempre el mismo espectáculo: políticos que prometen el oro y el moro, pero a la hora de la verdad no pueden o no quieren cumplir nada. Se la pasan cambiando reglas, desmontando lo que otros hicieron solo para poner obstáculos a quien no piensa como ellos, haciendo la famosa “política del no quiero líos”. Y cuando meten la pata hasta el fondo, cosa que sucede con demasiada frecuencia, lo primero que hacen es echar la culpa a todo el mundo menos a sí mismos. ¿Y así quieren que creamos en ellos?
La verdad, el problema no es que “el de antes” no valía o que “el otro” es un desastre. Lo que ocurre muchas veces es que el político que tenemos enfrente no está a la altura ni en actitud ni en resultados. Porque al final, ¿quién les votó para que actúen con tanta mala leche, con esa falta de respeto que a veces roza el acoso laboral? ¿Quién les dijo que su trabajo es usar el cargo para sentirse jefes absolutos de todo, como si la empresa fuera suya? Esa arrogancia no solo cansa, también daña la confianza de la gente en la política y en las instituciones.
No se trata solo de incompetencia, sino de esa mala actitud que hace que el día a día sea un infierno para quienes tienen que aguantar esas maneras y decisiones erráticas. Políticos que se creen intocables, que no escuchan, que no asumen errores y que en vez de sumar, dividen y entorpecen. ¿Para eso los elegimos? Claro que no. Y si el perfil de quien ocupa un cargo es ese, mejor que no esté ni un minuto más.
Si queremos que las cosas cambien, necesitamos gente que de verdad trabaje con respeto, humildad y responsabilidad. Que no se dedique a prometer sin sostén, ni a tirar piedras sobre el tejado ajeno solo para aparentar. Que no se escaquee echando balones fuera y, sobre todo, que no olvide que están ahí para servir a la ciudadanía, no para servirse a sí mismos. ¿Será mucho pedir?
