Diciembre vuelve a llegar con luces, villancicos y, cómo no, con la subida de precios bajo el brazo. Según los datos, los alimentos típicamente navideños se encarecen un 5,1%, justo cuando más se consumen. Una casualidad que se repite cada año y que ya empieza a cansar a muchas familias.
Diciembre vuelve a llegar con luces, villancicos y, cómo no, con la subida de precios bajo el brazo. Según los datos, los alimentos típicamente navideños se encarecen un 5,1%, justo cuando más se consumen. Una casualidad que se repite cada año y que ya empieza a cansar a muchas familias.
Lo grave es que estas subidas llegan cuando la cesta de la compra ya está carísima el resto del año. Hacer la compra básica se ha convertido en un ejercicio de cálculo constante, y añadir turrones, marisco o cordero parece casi un lujo. La Navidad, que debería ser tiempo de compartir, se vive cada vez más con la calculadora en la mano.
Mientras tanto, el Gobierno mira hacia otro lado. Mucho discurso, pero pocas medidas efectivas para frenar estos abusos estacionales que siempre pagan los mismos. Ni controles reales de precios ni apoyo claro a quienes llegan justos a fin de mes.
Al final, la sensación es clara: celebrar la Navidad sale cada vez más caro y la paciencia de los consumidores se agota. Porque no se trata de milagros, sino de voluntad política para que sentarse a la mesa en diciembre no sea un privilegio, sino algo normal.
