Que todos los diputados de la Asamblea de Ceuta se hayan puesto de acuerdo no es algo que pase todos los días. Por eso, la unanimidad alcanzada para buscar alternativas a los fuegos artificiales ruidosos merece algo más que una mención de trámite: merece reflexión y, sobre todo, continuidad.
Que todos los diputados de la Asamblea de Ceuta se hayan puesto de acuerdo no es algo que pase todos los días. Por eso, la unanimidad alcanzada para buscar alternativas a los fuegos artificiales ruidosos merece algo más que una mención de trámite: merece reflexión y, sobre todo, continuidad.
Durante años hemos asumido como normal que cualquier celebración venga acompañada de explosiones, estruendos y noches en vela. Se ha tirado pirotecnia sin medida, no solo en fiestas oficiales, sino también en barriadas, como si el ruido fuera sinónimo obligatorio de alegría. Y no lo es. Para muchas personas con sensibilidad sensorial, y para los animales, esos momentos festivos son auténticos episodios de angustia.
Lo interesante de esta propuesta no es solo lo que quita, sino lo que abre. Sustituir fuegos artificiales por espectáculos menos sonoros no significa renunciar a la emoción ni a la belleza. Al contrario: luces, proyecciones, música cuidada o espectáculos visuales modernos pueden ofrecer celebraciones igual de vistosas y mucho más inclusivas.
Ceuta tiene ahora la oportunidad de demostrar que puede celebrar sin hacer daño, que puede avanzar sin perder tradición, y que el consenso político también puede servir para mejorar la vida cotidiana. Ojalá este acuerdo no se quede en el aplauso fácil y se traduzca pronto en hechos. Porque una ciudad que cuida a los más sensibles es, al final, una ciudad mejor para todos.
