No es casualidad que los estudiantes estén en pie de guerra. La Selectividad, o mejor dicho, la EVAU, se ha convertido en un campo de minas que no solo decide su futuro, sino que lo hace de manera injusta y desfasada. Los listados de acceso a las carreras universitarias son una lotería que depende más de la región en la que te presentes que de tu verdadero talento o esfuerzo. ¿Cómo es posible que dos jóvenes con la misma nota tengan opciones tan diferentes según dónde vivan? Aquí algo huele mal.
No es casualidad que los estudiantes estén en pie de guerra. La Selectividad, o mejor dicho, la EVAU, se ha convertido en un campo de minas que no solo decide su futuro, sino que lo hace de manera injusta y desfasada. Los listados de acceso a las carreras universitarias son una lotería que depende más de la región en la que te presentes que de tu verdadero talento o esfuerzo. ¿Cómo es posible que dos jóvenes con la misma nota tengan opciones tan diferentes según dónde vivan? Aquí algo huele mal.
Los estudiantes protestan, y con toda la razón. No es justo que un examen, mal diseñado y peor ejecutado, determine quién puede estudiar lo que quiere y quién no. El sistema actual no premia la excelencia ni el esfuerzo continuo, sino la habilidad para superar una prueba de resistencia mental en tres días. ¿De qué sirve todo un curso preparándose si el resultado depende de nervios, estrés y criterios de corrección que varían de un lado a otro?
Tanta confusión, tanta frustración, es prueba evidente de que el sistema está fallando. Y lo que es peor, se está fallando a los jóvenes. La educación debería abrir puertas, no cerrarlas. Y con tanto obstáculo burocrático, es lógico que los estudiantes sientan que están luchando contra el propio sistema, no contra la dificultad de los estudios en sí.
Es hora de que las autoridades educativas dejen de mirar hacia otro lado y escuchen a quienes verdaderamente sufren las consecuencias. La solución no es tapar las grietas del sistema con parches. Se necesita una reforma profunda y justa, que dé a todos los estudiantes, sin importar su región o circunstancia, las mismas oportunidades de éxito.
Así que sí, los estudiantes están en pie de guerra. Y deberían estarlo. Porque defender sus derechos es defender el futuro de todos.
