Hay decisiones que llegan en el peor momento posible. O, según se mire, en el mejor momento... si lo que uno busca es sobrevivir políticamente. Porque cuesta no hacerse una pregunta viendo cómo está el país y cómo está el Gobierno: ¿de verdad la gran prioridad de Pedro Sánchez es regularizar a cientos de miles de inmigrantes? Con la vivienda disparada, la sanidad haciendo aguas, los jóvenes sin poder marcharse de casa, la inseguridad preocupando cada vez a más barrios y un Ejecutivo cercado por polémicas casi a diario, es normal que muchos españoles levanten una ceja y piensen que aquí hay algo más.
Hay decisiones que llegan en el peor momento posible. O, según se mire, en el mejor momento... si lo que uno busca es sobrevivir políticamente. Porque cuesta no hacerse una pregunta viendo cómo está el país y cómo está el Gobierno: ¿de verdad la gran prioridad de Pedro Sánchez es regularizar a cientos de miles de inmigrantes? Con la vivienda disparada, la sanidad haciendo aguas, los jóvenes sin poder marcharse de casa, la inseguridad preocupando cada vez a más barrios y un Ejecutivo cercado por polémicas casi a diario, es normal que muchos españoles levanten una ceja y piensen que aquí hay algo más.
No hace falta ser un estratega para entender cómo funciona la política. Cuando un gobierno empieza a perder apoyos, busca la manera de recuperarlos. Y ahí es donde muchos ciudadanos ven esta regularización como una jugada con un claro trasfondo electoral. Es una percepción que está en la calle, en los bares, en las sobremesas y en las conversaciones de trabajo. Hay quien cree que el sanchismo ya no gobierna pensando en el interés general, sino en cómo aguantar un poco más en La Moncloa. Puede gustar más o menos esa opinión, pero fingir que no existe sería vivir de espaldas a la realidad.
Lo peor no es solo la medida. Lo peor es el mensaje que reciben quienes llevan toda la vida levantando este país. El joven que estudió una carrera y sigue viviendo con sus padres. El autónomo que no llega a fin de mes. El trabajador que espera semanas para ver a su médico. La familia que no puede cambiar de coche porque no le alcanza el bolsillo. Todos ellos miran alrededor y se preguntan cuándo les tocará ser la prioridad. Porque, sinceramente, hace tiempo que muchos dejaron de sentirse escuchados.
Pedro Sánchez tiene todo el derecho a defender sus políticas. Para eso gobierna. Pero también tendrá que aceptar que una parte cada vez mayor de la sociedad las observa con una desconfianza enorme. Los escándalos que rodean al Ejecutivo, los cambios de criterio constantes y la sensación de que mantenerse en el poder pesa más que cualquier otra consideración han terminado pasando factura. Y cuando la confianza se rompe, no se recupera con discursos ni con campañas de imagen.
Quizá el verdadero problema del sanchismo sea ese. No que haya ciudadanos que discrepen de sus decisiones, sino que cada vez son más los que creen que detrás de muchas de ellas hay un cálculo político antes que una solución para España. Acertarán o no en esa percepción, pero existe. Y cuando un Gobierno consigue que millones de personas miren cada anuncio preguntándose "¿esto se hace por el país o por los votos?", es que algo muy serio se ha roto entre quienes gobiernan y quienes pagan la fiesta.
