Es un ejercicio de profunda frustración observar cómo la esfera política se ve a veces socavada por figuras cuya principal característica no es la visión o el servicio, sino una combinación letal de ineficacia y mala actitud.
Es un ejercicio de profunda frustración observar cómo la esfera política se ve a veces socavada por figuras cuya principal característica no es la visión o el servicio, sino una combinación letal de ineficacia y mala actitud.
El fenómeno que describimos no es una anécdota local, sino un patrón preocupante que, como se señala, se manifiesta en diversos puntos de nuestra geografía, incluida Ceuta.
La miseria de este perfil político se evidencia en un comportamiento claro y destructivo: la pretensión de cargar el "mochuelo" o la responsabilidad de los errores al eslabón más débil de la cadena administrativa o del equipo.
El Doble Rasero de la Gestión
Paradójicamente, la gestión pública, una tarea ya de por sí compleja y sujeta a "muchos palos en la rueda", requiere reconocer y apoyar a aquellos que, a pesar de las dificultades, están en la trinchera, esforzándose para que las cosas avancen. Sin embargo, el político tóxico hace exactamente lo contrario: señala a los que trabajan, mientras tiende una "alfombra roja" a aquellos que, por inacción o complicidad, no aportan nada sustancial.
Esta disfunción no solo ralentiza la administración, sino que genera un ambiente laboral y social profundamente enrarecido. Las acciones de este tipo de cargos van más allá de la mera incompetencia. Se manifiestan en actitudes que son directamente contrarias a la ética del servicio público: bloqueos de la gestión, malas formas y educación, un trato irrespetuoso, amenazas constantes, utilizando el poder o la posición para coaccionar, demostrando una absoluta falta de pudor y respeto institucional.
El efecto dominó de estas conductas es incalculable. Un solo político con estas características puede causar un daño enorme a todo su entorno: minando la moral del equipo, perjudicando la eficacia de los servicios públicos y erosionando la confianza ciudadana en las instituciones.
Es aquí donde el liderazgo superior, ya sea el del presidente o el alcalde, tiene una responsabilidad ineludible. Es importante que la máxima autoridad sepa "de dónde le viene la cojera" a la institución y actúe con firmeza.
Tolerar o ignorar estos perfiles es ser cómplice de la parálisis y el malestar.
La única vacuna contra la toxicidad política es la transparencia total. Es imperativo que las acciones y las verdaderas intenciones de estas figuras se cuenten "a todo el mundo". No se trata solo de denunciar el daño que hacen, sino de exponer lo que realmente buscan: mantener su cuota de poder a costa del bienestar colectivo y del respeto a quienes sí trabajan.
La ciudadanía y los medios de comunicación tenemos el deber de no permitir que la ineficacia vestida de prepotencia siga dictando la pauta en la política.
Señalar, fiscalizar y exigir ejemplaridad es el primer paso para sanear la gestión pública y recuperar la dignidad de las instituciones y Ceuta al ser tan pequeña al final todo se sabe.
