Por mucho empeño que le estén poniendo algunos peritos de renombre, la realidad es tozuda: la tesis de la defensa se tambalea. No convence ni al jurado ni al más despistado del lugar. Nadie se cree ya ese relato enrevesado que intenta tapar lo que, a todas luces, ha sido un asesinato. Ni la puesta en escena, ni los informes técnicos llenos de palabras rimbombantes logran ocultar la verdad.
Por mucho empeño que le estén poniendo algunos peritos de renombre, la realidad es tozuda: la tesis de la defensa se tambalea. No convence ni al jurado ni al más despistado del lugar. Nadie se cree ya ese relato enrevesado que intenta tapar lo que, a todas luces, ha sido un asesinato. Ni la puesta en escena, ni los informes técnicos llenos de palabras rimbombantes logran ocultar la verdad.
Estos días hemos asistido a un desfile de testimonios que más que esclarecer, han provocado sonrojo. Algunos peritos, más preocupados en lucirse que en aclarar, han dejado claro que la verdad no se compra ni se adorna con trajes de prestigio mediático. Una cosa es defender un derecho —que, por supuesto, debe existir para todos— y otra muy distinta es insultar a la inteligencia de quienes tienen que juzgar.
La sensación general es de indignación. No solo por la gravedad de los hechos que se juzgan, sino porque quienes deberían contribuir a esclarecerlos se han prestado a un espectáculo bochornoso. Hay momentos en los que el respeto a la dignidad de las víctimas y la seriedad del proceso deberían estar muy por encima de los intereses particulares.
El jurado, que al final es quien tiene la última palabra, parece haberlo percibido claramente. Y aunque a algunos les pese, la justicia no puede ni debe ser manipulada a golpe de titulares ni de expertises a medida. Aquí ha habido un asesinato, y por mucho que algunos intenten confundir, el clamor de la verdad es demasiado fuerte para ser silenciado.
