La Sentencia
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Parece que la idea de alargar la jubilación de los funcionarios de carrera hasta los 72 años con compatibilidad laboral se ha puesto sobre la mesa. Y, aunque pueda sonar una oportunidad para quienes quieran seguir en activo, la propuesta no deja de generar dudas. No se trata solo de si un trabajador tiene o no fuerzas para continuar, sino de las implicaciones reales de esta medida en un mercado laboral ya de por sí complicado.

Parece que la idea de alargar la jubilación de los funcionarios de carrera hasta los 72 años con compatibilidad laboral se ha puesto sobre la mesa. Y, aunque pueda sonar una oportunidad para quienes quieran seguir en activo, la propuesta no deja de generar dudas. No se trata solo de si un trabajador tiene o no fuerzas para continuar, sino de las implicaciones reales de esta medida en un mercado laboral ya de por sí complicado.

Es cierto que hay profesionales con una experiencia y un bagaje incalculable, especialmente en sectores como la sanidad o la educación, donde la veteranía puede ser un plus. Sin embargo, ¿no debería el sistema enfocar sus esfuerzos en rejuvenecer las plantillas y dar oportunidades a los jóvenes? Mantener a funcionarios en activo hasta los 72 años podría convertirse en un tapón para las nuevas generaciones, esas que llevan años formándose y esperando una oportunidad estable.

Además, desde un punto de vista práctico, no podemos olvidar que a ciertas edades el desgaste físico y mental es inevitable. No se trata de cuestionar la capacidad de una persona mayor, pero todos sabemos que ciertos ritmos de trabajo pueden ser duros. Imaginemos a un médico con guardias eternas o a un docente frente a un aula llena de adolescentes. ¿Es justo para ellos? ¿Es justo para los usuarios o estudiantes?

Por otro lado, la compatibilidad laboral suena a querer «tenerlo todo». Seguir cobrando del Estado y, a la vez, poder facturar en el ámbito privado podría abrir la puerta a desigualdades y abusos. La norma debería ser clara y evitar situaciones donde unos pocos se benefician mientras la mayoría sigue enfrentándose a la precariedad.

En definitiva, más allá de la buena intención que pueda tener la propuesta, hay que analizarla con lupa. No se trata solo de permitir que alguien continúe trabajando si así lo desea, sino de valorar el impacto en el empleo juvenil, en la calidad del servicio público y en la justicia del sistema. A veces, lo mejor es saber dar un paso al lado y dejar espacio a las nuevas generaciones, sin renunciar al merecido descanso tras una vida de trabajo.

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Ceuta, Jueves 06 de Agosto del 2026

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