Mohamed Ali Duas asegura que no se ha respetado su derecho a ser inocente y que se han ensañado con él. Y, dicho así, no le falta razón en una cosa básica: nadie ha afirmado oficialmente que sea culpable. En un Estado de derecho, la presunción de inocencia no es un adorno, es un pilar que debería sostener cualquier actuación pública y mediática.
Mohamed Ali Duas asegura que no se ha respetado su derecho a ser inocente y que se han ensañado con él. Y, dicho así, no le falta razón en una cosa básica: nadie ha afirmado oficialmente que sea culpable. En un Estado de derecho, la presunción de inocencia no es un adorno, es un pilar que debería sostener cualquier actuación pública y mediática.
Ahora bien, también conviene no confundir planos. Una cosa es no ser declarado culpable y otra muy distinta es mantener intacta la credibilidad política. Mohamed Ali Duas no es un ciudadano anónimo, es un político de la ciudad, y eso implica una exigencia ética mucho más alta, le guste o no.
Cuando hay medidas preventivas, investigaciones en marcha o incluso antecedentes similares —aunque sean preventivos o todavía no firmes—, el foco ya no está solo en los tribunales, sino en la confianza de la ciudadanía. Y la confianza, una vez tocada, no se arregla con comunicados ni victimismo.
Por eso, aunque nadie haya dicho que sea culpable, lo responsable sería dar un paso a un lado. Dimitir no es admitir un delito, es asumir que la política necesita aire limpio mientras la justicia hace su trabajo.
Al final, la inocencia se defiende en los juzgados; la dignidad de la política, con decisiones valientes. Y salir temporalmente de la vida pública, en casos así, no debería verse como una derrota, sino como una obligación democrática.
