La Sentencia
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Hay barrios que no salen en los folletos turísticos, pero que sostienen la vida real de una ciudad. Hadu es uno de ellos. O lo era. Hoy, pasear por sus calles es encontrarse con persianas a medio bajar, carteles de “se alquila” y comerciantes que ya no saben si abrir es resistencia o simple inercia.

Hay barrios que no salen en los folletos turísticos, pero que sostienen la vida real de una ciudad. Hadu es uno de ellos. O lo era. Hoy, pasear por sus calles es encontrarse con persianas a medio bajar, carteles de “se alquila” y comerciantes que ya no saben si abrir es resistencia o simple inercia.

El problema no ha caído del cielo. La obra que prometía mejorar la zona se ha convertido en un laberinto interminable de vallas, ruido y polvo. Meses —demasiados— de ejecución mal planificada han dejado a los vecinos atrapados y a los negocios asfixiados. No es solo una molestia: es un golpe directo al sustento de muchas familias.

Lo más frustrante es la sensación de abandono. Porque una obra puede ser necesaria, incluso incómoda, pero lo que no debería ser es desastrosa en su gestión. Falta información clara, falta coordinación y, sobre todo, falta empatía. Quien toma decisiones parece no pisar estas calles ni hablar con quienes las viven cada día.

Mientras tanto, los comerciantes hacen malabares: menos clientes, más dificultades de acceso, y gastos que no perdonan. Algunos aguantan como pueden; otros ya han tirado la toalla. Y cada cierre no es solo un negocio menos, es un trozo de barrio que desaparece.

Hadu no se muere por casualidad, se está dejando morir. Y eso es lo que más duele. Porque aún se está a tiempo de corregir, de escuchar y de actuar con cabeza. Pero para eso hace falta algo básico: tomarse en serio a la gente que mantiene vivo el barrio.

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Ceuta, Miercoles 05 de Agosto del 2026

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