Alberto Gaitán ha participado en la Comisión Interterritorial de Internacionalización para hablar sobre los aranceles impuestos por la Administración Trump. Un tema de calado económico e internacional, con implicaciones para muchos territorios, incluida Ceuta. Y sin embargo, nos asalta una duda inevitable: ¿está el consejero a la altura de un foro así?
Alberto Gaitán ha participado en la Comisión Interterritorial de Internacionalización para hablar sobre los aranceles impuestos por la Administración Trump. Un tema de calado económico e internacional, con implicaciones para muchos territorios, incluida Ceuta. Y sin embargo, nos asalta una duda inevitable: ¿está el consejero a la altura de un foro así?
Quienes lo conocen bien —funcionarios, cargos públicos, representantes sindicales— coinciden en algo: su trato no es precisamente afable. Más bien todo lo contrario. Reservado en exceso, con un rictus de desconfianza permanente, Gaitán parece más cómodo en el papel de burócrata blindado que en el de político abierto al diálogo. La cortesía, se supone, debería ser parte del cargo, pero en su caso parece un valor en extinción.
La pregunta es inevitable: ¿habrá sido igual de desagradable en esa reunión de tanto nivel? Porque Ceuta necesita sumar, no restar. Y para eso, quien nos representa debe estar dispuesto a construir puentes, no a levantar muros con su actitud. El respeto institucional no solo se exige, también se practica.
En política, tan importante como el contenido es la forma. Y si el consejero quiere seguir representando a Ceuta fuera de nuestras fronteras, sería deseable que revisara la suya. No se trata de caer bien, sino de no entorpecer el trabajo común con gestos que, más que firmeza, transmiten inseguridad y desgana.
Al fin y al cabo, lo que está en juego no es su imagen personal, sino la credibilidad de una ciudad que ya bastante tiene con abrirse hueco en un mundo competitivo y global. Un poco más de diplomacia, y un poco menos de tensión, no le vendrían mal a su discurso. Ni a nosotros.
