Un año más, la Policía Nacional asume la dirección de la Operación MINERVA junto a FRONTEX en los puertos de Algeciras, Ceuta y Tarifa. Un despliegue que se presenta como ejemplo de coordinación internacional, con muchos uniformes y protocolos, pero con resultados que siguen sin estar a la altura de los desafíos reales que afrontan nuestras fronteras. Porque lo que hace falta no es tanto diplomacia fronteriza como contundencia en el control, sin paños calientes.
Un año más, la Policía Nacional asume la dirección de la Operación MINERVA junto a FRONTEX en los puertos de Algeciras, Ceuta y Tarifa. Un despliegue que se presenta como ejemplo de coordinación internacional, con muchos uniformes y protocolos, pero con resultados que siguen sin estar a la altura de los desafíos reales que afrontan nuestras fronteras. Porque lo que hace falta no es tanto diplomacia fronteriza como contundencia en el control, sin paños calientes.
España, y especialmente Ceuta, vive bajo una presión migratoria constante. Las entradas ilegales, el tráfico de personas y los intentos de desestabilización no se detienen con sonrisas compartidas o reuniones de alto nivel donde todo se reduce a buenas intenciones. La frontera necesita firmeza, tecnología útil y una voluntad política decidida a defender el territorio, no a gestionar flujos con complejos de ONG.
Hablar de “hermandad” o “cooperación” en este contexto suena casi cínico. Las autoridades europeas deberían dejar de mirar hacia otro lado cuando se trata de Ceuta y Melilla. Aquí no estamos hablando de una terminal portuaria cualquiera, sino de la primera línea de Europa frente a la inmigración irregular. Y eso exige medidas firmes, no gestos simbólicos.
La Policía Nacional y los efectivos desplazados hacen su trabajo, eso nadie lo discute. Pero es hora de que las operaciones como MINERVA dejen de ser escaparates para la foto y se conviertan en escudos eficaces para proteger nuestras fronteras. Porque de tanto querer quedar bien con todos, acabamos desprotegidos.
Defender la frontera no es cuestión de ideología, sino de responsabilidad. Si Europa no lo entiende, al menos España debería dejar de disfrazar de cooperación lo que solo puede sostenerse con autoridad y determinación.
