Ceuta ha vivido en los últimos días un episodio triste, de esos que golpean las raíces de nuestra identidad. El acto vandálico contra la imagen del Cristo de los Afligidos no es solo un ataque contra una figura religiosa, sino contra la memoria, la cultura y los valores que nos unen como sociedad. Por suerte, y gracias al esfuerzo colectivo, el Cristo ha regresado a su hornacina, devolviendo a la ciudad un símbolo de esperanza.
Ceuta ha vivido en los últimos días un episodio triste, de esos que golpean las raíces de nuestra identidad. El acto vandálico contra la imagen del Cristo de los Afligidos no es solo un ataque contra una figura religiosa, sino contra la memoria, la cultura y los valores que nos unen como sociedad. Por suerte, y gracias al esfuerzo colectivo, el Cristo ha regresado a su hornacina, devolviendo a la ciudad un símbolo de esperanza.
No es cuestión de fe, sino de respeto. El Cristo de los Afligidos trasciende las creencias individuales para convertirse en un elemento de nuestra historia común. Cualquier acto que atente contra esta imagen es un acto contra todos los ceutíes, independientemente de nuestras diferencias. En un mundo tan dividido, gestos así nos recuerdan la importancia de cuidar aquello que nos conecta.
Ahora, el Cristo vuelve a su lugar, no solo restaurado, sino también cargado de un nuevo simbolismo. Este episodio debería hacernos reflexionar sobre el valor de preservar nuestra herencia y el daño que causan quienes no respetan lo que es de todos.
Que su presencia en su hornacina sea también un recordatorio de que el respeto y la convivencia son los pilares de nuestra ciudad. No se trata de mirar al pasado con nostalgia, sino de protegerlo para que las generaciones futuras sepan de dónde venimos y qué somos capaces de superar juntos.
