En política, pocas cosas son fruto del azar. Cuando una denuncia de supuesto conflicto de intereses salta a la palestra, conviene preguntarse a quién beneficia realmente el escándalo. En el caso de la gestión del Hotel Puerta de África, la polémica no parece tanto un ejercicio de transparencia como una jugada estratégica bien calculada.
En política, pocas cosas son fruto del azar. Cuando una denuncia de supuesto conflicto de intereses salta a la palestra, conviene preguntarse a quién beneficia realmente el escándalo. En el caso de la gestión del Hotel Puerta de África, la polémica no parece tanto un ejercicio de transparencia como una jugada estratégica bien calculada.
Todo apunta a que la empresa que presentó la mejor oferta económica para gestionar el hotel ha sido víctima de un movimiento diseñado para apartarla del camino. Se ha puesto el foco en un supuesto conflicto de intereses que, según los implicados, no existía en el momento clave del proceso. Pero, casualmente, la controversia ha servido para abrirle paso a otra compañía, una que cuenta con amistades en los lugares adecuados.
El problema no es solo que la denuncia proviene de una formación acostumbrada a hacer ruido cuando le conviene. Lo preocupante es que detrás de todo este embrollo parece haber una mano que mueve los hilos, alguien que no quería ver a ciertos gestores al frente del hotel y que ha sabido colocar las piezas con precisión para que el desenlace sea el que más le interesa. Y, por supuesto, sin mancharse directamente las manos.
Al final, la transparencia no es más que una excusa cuando se usa como herramienta para beneficiar a unos y perjudicar a otros. No se trata de quién ofrece mejores condiciones para la ciudad, sino de quién tiene las conexiones adecuadas para salir favorecido en un proceso que, aunque se revista de imparcialidad, huele demasiado a maniobra premeditada.
