Hay expresiones que pierden todo su significado cuando se repiten demasiadas veces. “Last Dance” debería evocar una despedida definitiva, el último baile, el cierre de una etapa y el relevo natural que exige cualquier democracia madura. Sin embargo, cuando esa promesa se convierte en una costumbre, deja de ser un adiós para transformarse en un simple eslogan.
Hay expresiones que pierden todo su significado cuando se repiten demasiadas veces. “Last Dance” debería evocar una despedida definitiva, el último baile, el cierre de una etapa y el relevo natural que exige cualquier democracia madura. Sin embargo, cuando esa promesa se convierte en una costumbre, deja de ser un adiós para transformarse en un simple eslogan.
En Málaga, Francisco de la Torre, tras 26 años al frente del Ayuntamiento, ha vuelto a hablar de su particular “Last Dance”. En Ceuta, Juan Vivas, con 25 años como presidente de la Ciudad, también ha protagonizado varios anuncios que apuntaban a un final político que nunca termina de llegar. Y, una vez más, vuelve a presentarse.
Nadie puede negar la legitimidad que otorgan las urnas. Pero la democracia no solo consiste en ganar elecciones; también necesita renovación, nuevos liderazgos y proyectos capaces de adaptarse a una sociedad que cambia mucho más deprisa que algunos gobiernos.
Cuando un dirigente permanece durante un cuarto de siglo en el poder, la frontera entre la experiencia y el inmovilismo comienza a difuminarse. El riesgo no es únicamente el desgaste personal, sino el agotamiento institucional que provoca la ausencia de alternancia.
Quizá haya llegado el momento de recordar que los mejores legados políticos no siempre los dejan quienes más tiempo permanecen en el cargo, sino quienes saben elegir el momento oportuno para marcharse. Porque un “Last Dance” solo tiene sentido cuando, al terminar la música, el protagonista abandona realmente el escenario.
