La propaganda institucional suele vestirse de eficacia policial cada vez que una excavadora desmantela un asentamiento visible. Los sonados desalojos en zonas como El Trampolín o el Guano se vendieron a la opinión pública como golpes definitivos a la degradación urbana y a la marginalidad fronteriza. Sin embargo, la realidad que sufren los vecinos a diario desmonta cualquier triunfalismo oficial: no se ha erradicado el problema, simplemente se ha trasladado de la intemperie a las puertas de sus casas.
La propaganda institucional suele vestirse de eficacia policial cada vez que una excavadora desmantela un asentamiento visible. Los sonados desalojos en zonas como El Trampolín o el Guano se vendieron a la opinión pública como golpes definitivos a la degradación urbana y a la marginalidad fronteriza. Sin embargo, la realidad que sufren los vecinos a diario desmonta cualquier triunfalismo oficial: no se ha erradicado el problema, simplemente se ha trasladado de la intemperie a las puertas de sus casas.
Al desarticular los campamentos periféricos sin aplicar medidas inmediatas y tajantes de expulsión, el resultado ha sido la dispersión descontrolada de cientos de personas indocumentadas hacia el entramado urbano de barriadas como Los Rosales o El Príncipe. Lo que antes quedaba confinado a áreas marginales ha terminado por transformar los soportales, rellanos y parques en un hormiguero constante de inseguridad y ocupación de espacios comunes, donde la convivencia pacífica se ha vuelto insostenible.
Los vecinos observan con indignación cómo la tranquilidad de sus calles desaparece mientras la administración se limita a coordinar reuniones estériles y a exigir paciencia ciudadana. La vida comunitaria no puede quedar supeditada a parches que empujan el desorden de un solar a la puerta de un bloque de viviendas. Cuando el control se pierde y la calle se entrega al libre tránsito de quienes han vulnerado la legalidad fronteriza, son las familias humildes las que pagan el precio del deterioro, el miedo y la pérdida del espacio público.
El debate sobre la seguridad en las barriadas periféricas ya no admite más eufemismos. Intervenir sobre una chabola para provocar la saturación de los portales adyacentes no es gestión de seguridad; es una temeridad que cronifica la zozobra vecinal. Ceuta necesita restablecer el orden de forma contundente en cada rincón de su territorio, garantizando que el legítimo derecho de los ciudadanos al descanso y a la seguridad no quede sepultado bajo las consecuencias de una gestión fronteriza incapaz y desbordada.