La formación impartida por Livia Rosales, jefa de la Unidad de Coordinación contra la Violencia sobre la Mujer en Ceuta, dirigida al profesorado en prácticas, va mucho más allá de una simple sesión sobre diversidad sexual. Es, en realidad, un recordatorio de que la escuela es el primer espacio donde se aprende —o se olvida— el valor del respeto. En un momento en el que las redes sociales y ciertos discursos fomentan el enfrentamiento, hablar de inclusión y empatía en las aulas no es una moda: es una necesidad.
La formación impartida por Livia Rosales, jefa de la Unidad de Coordinación contra la Violencia sobre la Mujer en Ceuta, dirigida al profesorado en prácticas, va mucho más allá de una simple sesión sobre diversidad sexual. Es, en realidad, un recordatorio de que la escuela es el primer espacio donde se aprende —o se olvida— el valor del respeto. En un momento en el que las redes sociales y ciertos discursos fomentan el enfrentamiento, hablar de inclusión y empatía en las aulas no es una moda: es una necesidad.
El enfoque práctico y participativo de la jornada, organizado junto al Ministerio de Educación y Formación Profesional, es especialmente acertado. No basta con que los docentes conozcan la ley; deben saber aplicarla en el día a día, en las miradas, en las palabras, en las pequeñas actitudes que marcan la diferencia entre un entorno seguro y otro hostil. Educar no es solo transmitir conocimientos, sino también valores, y entre ellos el respeto a la identidad y la orientación de cada persona.
Formar a quienes formarán a las próximas generaciones es invertir en convivencia. No se trata de imponer ideologías ni etiquetas, sino de garantizar que ningún alumno o alumna se sienta menos por ser quien es. En las aulas cabemos todos, y esa es la lección más poderosa que puede enseñarse.
Esta iniciativa es un paso firme hacia una educación más humana y consciente. Ojalá no sea una excepción, sino una costumbre. Porque una sociedad que educa en respeto crece en libertad.
