La visita del secretario de Estado de Educación, Abelardo de la Rosa, a Ceuta ha venido acompañada de buenas palabras y una reunión con Juan Vivas y Cristina Pérez que, según nos cuentan, servirá para "arreglar" los problemas educativos de la ciudad. Ojalá. Pero los ceutíes ya estamos curados de espanto: hemos escuchado muchas promesas y visto pocos resultados. La educación en Ceuta no necesita parches ni titulares vacíos, sino una estrategia clara, inversión real y compromiso político que no caduque a los pocos meses.
La visita del secretario de Estado de Educación, Abelardo de la Rosa, a Ceuta ha venido acompañada de buenas palabras y una reunión con Juan Vivas y Cristina Pérez que, según nos cuentan, servirá para "arreglar" los problemas educativos de la ciudad. Ojalá. Pero los ceutíes ya estamos curados de espanto: hemos escuchado muchas promesas y visto pocos resultados. La educación en Ceuta no necesita parches ni titulares vacíos, sino una estrategia clara, inversión real y compromiso político que no caduque a los pocos meses.
Los problemas son tan evidentes que casi insultan a la inteligencia: ratios insoportables en las aulas, abandono escolar entre los más altos de Europa, falta crónica de docentes, infraestructuras obsoletas, centros saturados, listas de espera en educación infantil y un sistema que no logra integrar ni compensar las desigualdades sociales. A esto hay que sumar la escasa implantación de la FP, la falta de orientadores, la insuficiencia de plazas públicas en etapas clave y la precariedad laboral de muchos profesionales de la enseñanza.
El sistema educativo ceutí lleva años pidiendo auxilio mientras se suceden visitas, fotos y ruedas de prensa. Pero ni los nuevos colegios prometidos terminan de arrancar, ni se refuerza como es debido el personal, ni se pone freno al abandono temprano. Todo sigue igual o peor. Y mientras tanto, una generación entera se está formando (o deformando) en un sistema que no les garantiza igualdad de oportunidades.
Es justo reconocer que por fin se siente un pequeño cambio de tono, una cierta voluntad de implicación del Ministerio. Pero el escepticismo es inevitable. La educación no se arregla en una reunión ni con una nota de prensa; se arregla con dinero, con hechos, con continuidad, y con la valentía de afrontar reformas profundas. De poco sirve sentarse con Vivas y Pérez si luego no se pisa el barro de los centros educativos.
Ceuta no puede seguir siendo el laboratorio del fracaso escolar ni el rincón olvidado del mapa educativo nacional. Si esta visita sirve para algo, bienvenidos sean. Pero si todo queda en palabras bonitas, será otra decepción más. Y el alumnado de Ceuta ya no se merece ni una más.
