Ceuta ¡Ya! ha aprovechado el Día de la Constitución para poner sobre la mesa su exigencia de que Ceuta se convierta en comunidad autónoma. Una propuesta que, aunque revestida de aspiraciones de autonomía plena, no deja de ser una idea descabellada si miramos nuestra realidad con un mínimo de sentido común. Ceuta, como ciudad autónoma, ya enfrenta enormes dificultades para gestionar los recursos y competencias que tiene. Añadirle más responsabilidades sería como pedirle a un barco con grietas que navegue en alta mar.
Ceuta ¡Ya! ha aprovechado el Día de la Constitución para poner sobre la mesa su exigencia de que Ceuta se convierta en comunidad autónoma. Una propuesta que, aunque revestida de aspiraciones de autonomía plena, no deja de ser una idea descabellada si miramos nuestra realidad con un mínimo de sentido común. Ceuta, como ciudad autónoma, ya enfrenta enormes dificultades para gestionar los recursos y competencias que tiene. Añadirle más responsabilidades sería como pedirle a un barco con grietas que navegue en alta mar.
No contamos con la capacidad económica ni la experiencia administrativa necesaria para asumir el rango de comunidad autónoma. Es una cuestión objetiva: el peso de la gestión recaería sobre una estructura institucional que a menudo muestra sus limitaciones incluso en la resolución de problemas básicos. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por el empleo o la limpieza viaria, ¿realmente podemos pensar que "ascender de categoría" resolverá algo? Todo apunta a que no.
Además, no debemos olvidar que somos una ciudad dependiente, no solo financieramente sino también estratégicamente. Nuestro presupuesto anual sigue necesitando del apoyo del Estado, y muchas de nuestras competencias clave están delegadas o externalizadas. Es evidente que no estamos preparados para volar solos. Pedir el estatus de comunidad autónoma no solo sería un paso en falso, sino que podría suponer un retroceso catastrófico.
Lo que Ceuta necesita no son sueños de grandeza ni proclamas vacías, sino soluciones reales para los problemas del día a día. Mejorar los servicios públicos, fortalecer nuestras instituciones y garantizar una gestión eficiente son objetivos mucho más sensatos. Una ciudad autónoma puede ser perfectamente funcional si se trabaja con seriedad y compromiso.
Por tanto, en lugar de buscar títulos grandilocuentes, hagamos un ejercicio de humildad y enfrentemos los retos con los recursos que tenemos. Porque, al final, no es el rango lo que define la calidad de un territorio, sino cómo se gestionan las oportunidades y los desafíos que enfrenta. Dejemos los ascensos para cuando, de verdad, demos la talla.
