Ceuta vuelve a amanecer en alerta por tormentas y, como tantas otras veces, la lluvia no solo moja las calles: también pone en evidencia nuestras costuras. Basta que el cielo se cierre un poco para que planes, agendas y celebraciones navideñas se suspendan o se muden a toda prisa. No hablamos de un diluvio bíblico, sino de un temporal previsible que, aun así, logra paralizar a la ciudad.
Ceuta vuelve a amanecer en alerta por tormentas y, como tantas otras veces, la lluvia no solo moja las calles: también pone en evidencia nuestras costuras. Basta que el cielo se cierre un poco para que planes, agendas y celebraciones navideñas se suspendan o se muden a toda prisa. No hablamos de un diluvio bíblico, sino de un temporal previsible que, aun así, logra paralizar a la ciudad.
El problema va más allá de lo meteorológico. La pregunta incómoda es si nuestras infraestructuras están realmente preparadas para aguantar el mal tiempo sin que todo se venga abajo. Calles que se encharcan, espacios públicos inutilizados y eventos cancelados revelan una vulnerabilidad que ya no debería sorprendernos, pero que sigue repitiéndose año tras año.
Resulta especialmente llamativo que una ciudad con tanta vida social y cultural dependa casi siempre del cielo raso. La falta de infraestructuras de ocio cubiertas y versátiles limita las alternativas cuando llueve, dejando a vecinos y visitantes con pocas opciones y a la economía local con el freno echado.
Quizá este temporal navideño deba servirnos como aviso. No se trata de luchar contra la lluvia, sino de aprender a convivir con ella. Apostar por infraestructuras más resilientes y espacios cubiertos no es un lujo, es una necesidad si queremos una Ceuta que no se detenga cada vez que el tiempo decide recordarnos su fuerza.
