La consejera Kissy Chandiramani ha reconocido su preocupación por la pérdida constante de autónomos en Ceuta, aunque ha querido contrarrestar esa mala noticia con un dato positivo: las cifras récord de empleo asalariado. Pero si algo demuestra esta situación es que la ciudad no está sabiendo cuidar a quienes se la juegan cada día emprendiendo. Porque lo cierto es que aquí montar un negocio propio es una auténtica aventura... y no precisamente por las oportunidades.
La consejera Kissy Chandiramani ha reconocido su preocupación por la pérdida constante de autónomos en Ceuta, aunque ha querido contrarrestar esa mala noticia con un dato positivo: las cifras récord de empleo asalariado. Pero si algo demuestra esta situación es que la ciudad no está sabiendo cuidar a quienes se la juegan cada día emprendiendo. Porque lo cierto es que aquí montar un negocio propio es una auténtica aventura... y no precisamente por las oportunidades.
En Ceuta, el tejido económico da la sensación de moverse en círculos muy concretos. Las ayudas, los contratos y hasta las iniciativas públicas acaban, una y otra vez, en manos de los mismos. No hace falta dar nombres; la ciudadanía sabe perfectamente quiénes son. Así es difícil que surja savia nueva, porque los que lo intentan se topan con trabas burocráticas, alquileres imposibles y una competencia desigual que ahoga cualquier proyecto antes de echar a andar.
No se trata solo de estadísticas: detrás de cada autónomo que se da de baja hay una historia de esfuerzo truncado, de ilusión perdida y, en muchos casos, de hartazgo. Mientras tanto, el modelo de ciudad que se impulsa desde las instituciones favorece cada vez más la dependencia de lo público o del enchufe de turno, dejando en segundo plano la apuesta por un tejido productivo dinámico y diverso.
Claro que es una buena noticia que aumente el empleo asalariado, nadie lo discute. Pero si ese crecimiento no va acompañado de oportunidades reales para emprender, la economía local se vuelve más frágil y dependiente. La ciudad necesita generar confianza, certidumbre y, sobre todo, juego limpio.
Lo contrario —lo que tenemos ahora— es una Ceuta donde nadie se atreve a montar nada y donde el que ya está, acaba cerrando. Una ciudad de “amigos con derecho a todo” que espanta a quienes podrían aportar ideas frescas y negocios nuevos. Y así, ni economía sostenible, ni futuro para los jóvenes, ni modelo de ciudad que se sostenga.
